Pagando para Pertenecer

Génesis 23:1-20

Rev. Chrístopher Harbin, Primera Iglesia Bautista de Huntersville, NC

18 de abil de 2010

A veces, colocamos mucha importancia en cosas que por si no tienen significancia real. A veces son cosas importantes, pero que a la vista larga tienden a perder su valor. La fe exige que miremos más adelante que de norma hacemos. Cuando buscamos pertenecer al alguna cosa, necesitamos definir a qué procuramos pertenecer. ¿Nos limitamos a pertenecer a cosas que no importan o a los planes de Dios?

Abrahán se tenía un dilema cuando del fallecimiento de su esposa, Sarah. Había seguido la orientación de Dios en salir de las tierras de sus padres en dirección hacia la tierra que Dios le prometía dar a sus descendientes. Había llegado, pero no podía declarar a ninguna tierra como suya. Su estado era de nómade. Era un hombre rico, pero no pertenecía a tierra alguna. Había seguido la promesa de Dios con el reconocimiento de que en algún momento Dios le daría toda la tierra al su alrededor para sus descendientes, pero con edad muy avanzada no había recibido el primer pedacito de la tierra prometida.

Con la muerte de Sara, le vino la intención de buscar una porción de tierra al menos para sepultar a su esposa y después para si. Había, entretanto, una dificultad. No tenía derecho a la oportunidad de comprar tierra, siendo él extranjero a los habitantes de la región. Mismo siendo un hombre rico, derecho a tierras dependía del juicio de los ancianos de cada ciudad. Tendría que pedir permiso para hacer compra de un pedazo de tierra, pero no era de se esperar que la cedieron. Con el derecho y compra de tierra, venía el privilegio y deber de asentarse con los demás en la rueda de ancianos, participando de los negocios económicos y políticos de la ciudad.

No era de esperar que cedieran derechos tan importantes. Abrahán era extranjero mismo sendo rico e importante, que le podría dar mucha influencia en los negocios de la ciudad. Conferir a él derecho a la compra de un terreno sería equivalente a cederle derechos de ciudadanía. Era un gran paso a se tomar. A la vez, era complicado para los ancianos de la ciudad, pues Abrahán había peleado contra una agrupación de cinco reyes en rescatar a Lot, venciéndolos sin ayuda fuera de su propia gente armada. En la época tenía 318 hombres capacitados para pelear. Había un riesgo para la ciudad al ofender a un hombre de tanta importancia e influencia. Para eso había arreglos entre las diversas ciudades para protegerse de ataques de afuera, pero la situación desde su perspectiva debería de ser un tanto crítica.

Abrahán fue a hablar con los hititas de la región. Conocía un terreno cercano de la ciudad que le agradaba, conteniendo una cueva propia para un sepulcro. Vino a pedirles el derecho de comprar una propiedad para sepultar el cuerpo de su esposa Sara. Reconocía su falta de derecho legal a la compra, pero vino en humildad a cumplir con las formalidades en peticionar el derecho que podían ceder. En sus palabras, reconoció su estado de extranjero, pero pidió igual el derecho de compra de tierras.

Los hititas no respondieron directamente a su pregunta. Vigilaron sus necesidades, sus deberes y sus prioridades al contestarle el pedido. No fue una recusa directa, pero pasaron por alto la petición en si. Dijeron que aprovechara las tumbas que tenían, pero sin darle apertura para hacer una compra. Era una forma muy respetuosa de negarle su pedido, pero era una negación. Daba a Abrahán la oportunidad de sepultar a su esposa, pero no el derecho de ser dueño de la sepultura.

En ese punto, Abrahán se puso de pie. Venía hasta el momento sentado con los varones de la ciudad como igual a ellos. Ahora, entretanto, se colocaba como alguien de afuera. Entonces se puso a hacer un nuevo pedido. Pedía ahora que convencieran a Efrón para vender la cueva de Macpelá. Así tendría tanto el local de sepultura como también sería con ellos dueño de propiedad. Era una insistencia, pero con su demostración física de pararse, aún sin amenaza de fuerza.

No sabemos mucho de los precios de tierras en aquel entonces. Tampoco sabemos el tamaño de la pieza que se compraba. Era una cueva preparada para sepultura, bien como un campo de agricultura con árboles pegados. Los ancianos no dijeron nada a ese punto, pero Efrón se colocó a responder. Ofreció a Abrahán la tierra que pedía, pero no en venta. Se la ofrecía para su utilización. Aceptaba la situación de tener a los ancianos de la ciudad como testigos y la ofreció, cueva y campo sin precio, pero sin título de dueño. Podría enterrar a su esposa, pero la tierra no le pertenecería a él, ni a sus herederos.

Abrahán no aceptó la propuesta, sino que insistió más adelante. Pidió a Efrón que se le vendiera la propiedad, aceptando su dinero y su derecho a tornarse dueño. Efrón le respondió en las fórmulas de negociación normativa. Aparentemente aceptaba la oportunidad de la venta y nadie de los ancianos intervino. Dio un precio a Abrahán conforme los procedimientos normales de negociación. Era con buena probabilidad un precio alto, esperando que hablarían más afondo en negociar el precio debido del terreno y la cueva en cuestión. Eso, entretanto, no pasó. Sin preocuparse con las negociaciones normales, Abrahán aceptó el precio ofrecido sin más ni menos.

Fue una simple compra de un pedazo de tierra con una cueva. A la vez era una declaración de que Abrahán ahora pertenecía a la tierra. Era el enganche o la primera parcela del cumplimiento de la promesa de Dios de que la tierra en que habitaba le pertenecería a sus herederos. Siguió entonces a enterar a su esposa, ya no como vagante, pero como aquel que se había sido situado en la tierra. Colocó sus restos en un sitio del cual no tendría jamás que quitarla.

Fue un trámite de negociación comercial simple, pero para Abrahán y sus descendientes tenía gran significado. Muy allá de la transferencia de títulos de tierras, asentamiento y derechos de negociación, hablaba de la promesa de Dios con toda su fidelidad. Dios ni había prometido a Abrahán que daría a él la tierra mientras vivía. Había prometido dárselo a sus descendientes. Mismo así, en sus últimos años de vida, Dios le abrió camino para que viera el primer paso de cumplimiento de la promesa que le había dado valor para seguir a Dios hacia tierras desconocidas.

Cuando compró el terreno, Abrahán hizo un trato económico de pertenecer a la tierra con su definición de dueños. Era ahora habitante de la tierra con derechos de ciudadano. Tenía voz y votación en el concilio de ancianos. Tenía derechos de pedir justicia y exigir buenos tratos conforme las leyes de los hititas. Más que eso, entretanto, aceptaba el valor de todo que Dios le había prometido entregar.

El campo y la cueva no era tan importantes frente a la promesa y provisión de Dios. Abrahán no había buscado adelantar la promesa de Dios. ¿Cual es el valor de una cueva y campo en contraste a todo un país? Dios había prometido tanto más que ese espacito que compraba Abrahán. Tenía significativo real sólo como símbolo de lo restante que Dios estaba por entregar a Abrahán mediante su promesa. No que Abrahán llegaría a ver lo demás en su vida terrenal, pero por la fe podría ver en ese acto de compra la fidelidad de Dios en cumplir con todo lo demás. En toda su vida no habitó en esa tierra como dueño. No le fue necesario, pues no visaba pertenecer a los hititas, sino a la fidelidad de Dios. ¿Estamos listos a confiar en la abundancia de la provisión de Dios, aun sin veer lo que está por delante?

—©2010 Chrístopher B. Harbin

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