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La Obediencia de la Fe Génesis 22:1-18 Rev. Chrístopher Harbin, Primera Iglesia Bautista de Huntersville, NC 11 de abil de 2010 Tenemos la tendencia a definir fe como el aceptar una lista de verdades históricas o espirituales. Al leer la Biblia con tal definición encontramos dificultades. Leemos las historias de nuestros héroes de la fe y ellos tienen muchas fallas en su conocimiento de Dios. Tienen a la vez muchas fallas de comportamiento. Definir la fe como un procedimiento siempre correcto tampoco corresponde a lo que leemos de esos mismos héroes bíblicos. La fe no se despreocupa con comprensión de Dios, pero tampoco se limita a un comportamiento legalista. ¿Cuál es la calidad de la fe en la cual debemos de enfocar? Encontramos a Abrahán ya anciano en el pasaje de hoy. Ya a esa altura de su historia, su edad está bien avanzada y su hijo, Isaac, ya un adolescente, es capaz de ayudar a su padre cargando leña. De cierta forma Abrahán ya es otra persona de lo cual encontramos en los textos anteriores. Ya ha sido experimentado en se peregrinaje con Dios. Ya ha hecho una serie de fallas en su peregrinaje con Dios. Había reído de la promesa divina. Había fallado en confiar en la protección divina. Había subestimado la gracia y misericordia de Dios en contraste a su propio amor hacia los demás. Pero con todo eso había también aprendido algo de la identidad de Dios y su necesidad delante del Altísimo. Dios lo había utilizado como su profeta, había elegido hacer de él una gran nación y bendecir a todos las naciones por medio de él. Con todas sus debilidades espirituales, Dios no lo había abandonado. Ahora en su vejez, Dios lo llamó a demostrar la vitalidad de su fe. Lo puso a prueba. No sabemos indicar la forma exacta por la cual llegó la palabra de Dios a Abrahán. Unos han especulado que quizás ni fuera propiamente Dios que había instigado la prueba, pero aprovechó la mala comprensión de Abrahán para enseñarle que no buscaba sacrificio humano. De cierto, Abrahán miraba las acciones de los pueblos al su rededor. Reconocía que las gentes hacían grandes sacrificios para ganar la buena atención de sus supuestos dioses. Comparaba su vida con la vida de los demás, su relación con Dios delante la disposición de otros de sacrificar hasta sus hijos en obediencia a sus dioses. De alguna forma llegó a comprender que debería él también de hacer un sacrificio real, ofertando su propio hijo a Dios sobre un altar. Empezó a hacer sus planes y preparativos para el sacrificio. Mandó preparar leña para el sacrificio. Mandó preparar los animales para el viaje. Preparó su equipo y empezó su jornada a un local elevado donde ofrecería a Dios ese su hijo Isaac que tanto amaba. A cierto paso en el camino hacia donde sacrificaría a Isaac, mandó que se quedaran sus siervos con los animales mientras Abrahán e Isaac seguirían a pié hacia el local del holocausto. No había dicho nada a su hijo referente al propósito del sacrificio. No había avisado a nadie lo que estaba en su corazón. No había hablado de la necesidad que sentía de ofrecer su mejor a Dios sin ninguna reservación. Llevó a Isaac, cargando la leña para la fogata y siguieron su camino hasta el local que Dios le indicaba. En medio del camino, Isaac empezó a hacerle preguntas. «¿Adónde está el animal para el sacrificio? Tenemos todo lo demás necesario, pero ¿qué hemos de sacrificar a Dios?» Abrahán le respondió de la forma que pudo, quizás sin mismo comprender lo que le decía a su hijo. «Dios mismo proveerá el sacrificio.» Padre e hijo siguieron camino. Uno seguía simplemente por hábito de confianza y obediencia a su padre. El otro siguió pensando el lo que estaba por venir. Reflexionaba el lo cuanto había pedido que Dios le diera un hijo. Pensaba en que Isaac era una bendición especial de Dios. Era un hijo en quien su esperanza encontraba sustancia. Era todo que Abrahán había pedido, bien como era todo para su esposa Sara. Dios había intervenido en sus vidas para dárselo a Sara y Abrahán en su vejez. No comprendía las razones por detrás del sacrificio. Simplemente reconocía su necesidad de ser fiel a Dios y ofrecer este regalo que más le importaba entre todo que llamaba suyo. No fueron pasos fáciles que tomaba. Aun ni estaba listo a decir a su hijo lo que hacía, ni las razones por las cuales emprendía esa jornada. Seguía su paso con pesar, con dolor, con conflicto interno que jamás había experimentado. Seguía también con una nueva confianza y disposición de obedecer a Dios como siervo digno. Al siervo no le competía comprender las instrucciones que recibía. Le competía obedecer. Así Abrahán seguía su camino hacia el sitio que Dios le enseñaba. Finalmente llegando al sitio, empezaron a preparar todo para el sacrificio. Montaron un altar de piedras. Arreglaron la leña para encender el fuego. Empezaron el fuego, alimentándolo con leña de forma adecuada para encender una buena y eficiente fogata. Viró Abrahán y tomó a Isaac, atándolo para el sacrificio. Tomó su cuchillo para seguir con lo que entendía ser el mandamiento de Dios. Alzándolo, escuchó una voz que le interrumpía e impedía que siguiera con el sacrificio. Justo en el momento, Dios intervino a instruirle a Abrahán en otro aspecto de su voluntad. Trazó una distinción entre lo que creían los pueblos por su alrededor y la vera identidad de Dios. «¡Abrahán! ¡No hagas daño al niño!» Con eso Dios le enseño un carnero trabado de sus cuernos en un arbusto. Le enseñó mucho más, entretanto. Le enseñó que Dios no se interesaba con sacrificios humanos, pero que si le interesaba mucho la obediencia, la dedicación, y la disposición de dar su todo a servicio del Altísimo. Es en este momento que entendemos de forma más clara la fe de Abrahán. Era aún un hombre fallo. Aún tenía dificultades en comprender quien era Dios. Aún no comprendía todo el carácter y la voluntad de Dios. Aún era un hombre débil, pero había llegado a curvarse delante de Dios en pleno reconocimiento de su necesidad de servir a Dios con su todo. Había colocado su vida por completo en las manos de Dios. Cuando Israel miraba la historia del sacrificio de Isaac, veía-se colocado sobre el altar. Miraba que su propia vida estaba en juego, pues era el pueblo descendiente de Isaac. Miraba aquí que Dios había preservado a sus antepasados y consecuentemente dándoles sus vidas. Encontraban también que debía sus vidas a la intervención de Dios y su misericordia en rescatar a Isaac, aceptando el sacrificio de un cordero para tomar su parte. En ningún momento quiso Dios que Abrahán matara a Isaac. Dios no se complace con sacrificios tales. Al mismo tiempo, quiso Dios que Abrahán llegara a ese momento crítico en su vida en la cual analizara sus prioridades y entregara su mejor en las manos de Dios. Quiso Dios que Abrahán comprendiera que todo que tenía le pertenecía a Dios. Dios daba y Dios tenía el derecho de tomar de regreso lo que es suyo. Al entregar Isaac, miramos su fe: una entrega total de su confianza, dedicación y obediencia. Abrahán aún no era perfecto, pero había colocado su vida en obediencia a Dios. ¿Estamos nosotros listos a entregar nuestro todo a la disposición de Dios? Es en eso que la fe tiene su vitalidad y definición real. Es una confianza que se digna de entregar el todo en obediencia completa a Dios. —©2010 Chrístopher B. Harbin | |
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