Dios me Hizo Reír

Génesis 21:1-21

Rev. Chrístopher Harbin, Primera Iglesia Bautista de Huntersville, NC

21 de marzo de 2010

En medio de las dificultades se nos hace difícil de ver otra cosa. Nuestros problemas toman cuenta de nuestro pensar: dirigen nuestros pasos, nuestros pensamientos y nuestras acciones. Hasta llegan a inhibir que sigamos con las rutinas de la vida, muchas veces direccionándonos por el camino de la depresión. Si no nos llega a deprimir, acostumbra a hacernos pensar que no hay salida de nuestros problemas, pues sentimos que las circunstancias están afuera del control de Dios. ¿Por qué nos es tan difícil recordar lo que Dios ha hecho en el pasado y reflexionar en lo que puede Dios ahora en nuestra realidad presente?

Había pasado tiempo desde que Sara y Abrahán venían esperando la bendición de un hijo. Se habían desesperado en varios puntos. Habían tomado la situación en sus propias manos, mismo que Dios ya les hubiera prometido un hijo. No pudieron esperar con paciencia. Cuando Dios les había hecho la promesa, habían reído de tal pronunciación. En más de una ocasión, habían ignorado su deber de depender de Dios y de esperar en la actuación divina. Ahora Dios les había provisto el hijo tan deseado y no lo podían creer. Con el nacimiento del hijo, le dieron por nombre Isaac, lo que quiere decir risa.

El texto nos dice que hubo una fiesta cuándo Isaac fue desmamado. No se nos dan muchos informes sobre tal evento, pero parece que fue un marco muy importante, marcando el hecho de que Isaac tenía como sobrevivir, escapando la crisis de mortalidad infantil. Era como si en ese punto todas las incertidumbres de no tener un hijo se encontraban derribadas frente al niño no simplemente nacido, pero vivo, activo y alimentando-se a si mismo. Era la promesa concretada de una forma más amplia y motivo de fiesta para Sara.

Allí no terminó el asunto, entretanto. La vida no es así tan simple. Isaac fue para Sara y Abrahán la bendición que buscaban, pero con su nacimiento no terminó el enredo que habían ocasionado al tomar decisiones en conflicto con la orientación de Dios. A poco tiempo, surgió conflicto entre el hijo Isaac y el primer hijo de Abrahán con Agar, Ismael. Quizás fuera un conflicto imaginario, pues surgió de las incertezas, dudas y la inseguridad de Sara.

El propio nombre de su hijo le recordaba que Dios le había dado a reír al final de sus problemas y desespero. Lo que no hacía era darle fuerza para recordar y confiar que el mismo Dios que le había dado su hijo lo mantendría conforme su promesa. Sus risas cambiaron demasiadamente rápidas y perdió la pequeña confianza en Dios que tenía.

Luego de que Isaac estuvo desmamado y celebrado, las dificultades resultando del abuso de Agar vinieron atormentando a Sara. Ismael, hijo de Agar también vivía y este jugaba con el hijo de Sara, causando en ella envidia. No quería Sara que Ismael fuera heredero como tenía derecho por reclamar. Ignorando que el nacimiento de Ismael se dio por consecuencia de su propia idea, ahora Sara quería deshacerse de la complicación que Ismael simbolizaba. Agar había huido de Sara en el pasado en consecuencia de sus males tratos. Ahora era Sara que quería ahuyentarla con su hijo del campamento y de los lazos del beneficio de ser hijo de Abrahán. Sara vivía atormentada por las consecuencias de sus estrategias y buscaba la forma de deshacerse de lo hecho. Aun no buscaba la orientación de Dios antes de tomar sus decisiones y actuar. La existencia de Ismael se debía a la iniciativa de Sara y la tentativa de deshacerse de él fue igualmente a su iniciativa.

Sara no había aprendido a depender de Dios. Hacía sus propios planes. Actuaba conforme sus estrategias personales. Dependía de si misma y de los recursos que veía a su propia disposición. Entregarse en las manos de Dios era algo que le causaba mucha inseguridad. Había reído al mirar la provisión de Dios, pero aquél reír era en parte demostración de su inseguridad frente a la provisión divina. No era un reír de gozar la bendición divina de forma confiada. Era un reír de sorpresa, pero aun llena de inseguridad.

Para Agar, no era tan diferente. Eran dos mujeres distintas, pero tenían mucho más en común de lo que ellas mismas pensaban. Ahuyentada por Sara y Abrahán, Agar huyó hacia el desierto como de antes. Otra vez puso su hijo en un poco de sombra para esperar que viniera la muerte. Estaba cerca del área donde había dado nombre a un pozo, “El Dios que me ve.” Esa experiencia, entretanto lo sentía como una aventura de una otra vida sin importancia para su preocupación presente. No había aprendido de esa ocasión a depender de y confiar en Dios. Era no más una aventura que quedaba olvidada o que consideraba irrelevante frente a su crisis del presente.

Es así que normalmente tratamos a los problemas en nuestras jornadas con Dios. Se nos hace difícil recordar las formas que Dios ha llegado en el pasado a cuidar de nuestras necesidades. Los problemas de ayer ya pasaron y los nuevos problemas hacen con que ignoramos al pasado. Es como que nuestros encuentros con la provisión especial de Dios pasan a la historia de otras civilizaciones e nada tienen de ver con nuestras dificultades presentes. Los problemas del pasado ya no son problemas, pues se han resuelto. Las dificultades de hoy toman su lugar con una vehemencia.

Así era con Agar. Caminaba en dirección al mismo local en donde Dios había provisto agua en su fuga anterior. Ahora, entretanto, olvidaba que el mismo Dios podría ayudarle más otra vez. Olvidaba que Dios aún le veía, o por lo menos lo ignoraba. A final de cuentas, ¿por qué había Dios dejado que la sacaran de su hogar y de la protección de Abrahán? Ya Abrahán tenía otro hijo, y sentía probable que ella ya no le interesaba a Abrahán, ni a Dios. Se puso a sentir lástima para si misma, sin buscar la orientación de Dios. Con tantos problemas, ¿cómo se podía imaginar que Dios la amaba y estaba pendiente de sus necesidades?

Aun sin que Agar le buscara, vino Dios hacia ella. En medio de su desesperación vino Dios para levantar a su ánimo y enseñarle la salida de sus dificultades. Había agua. Había un futuro. Había un camino para trillar en confianza. El simple hecho de que no lo veía sin la ayuda de Dios no quiso decir que no existía. Su falta de visión y perspectiva no limitaban a Dios. Limitaban solamente a ella. Tenía Agar una opción por buscar la orientación divina, pero al no mirar hacia Dios, se enredaba en problemas que ya tenían soluciones, mismo que no las había visto.

El problema de Agar y también el de Sara no era lo que pensaban. Ismael y Agar no traían el conflicto que imaginaba Sara, y el agua que Agar buscaba no era problema. Para las dos mujeres la gran dificultad era adonde colocaban su mira. Al enfocarse en sus dificultades reales o imaginarias, perdían de vista que Dios tenía soluciones para sus vidas. ¿Qué diferentes somos nosotros? ¿Se nos hace tan difícil como para Sara y Agar mirar a Dios en medio de las dificultades? La historia podría ser diferente. Podría ser que dejáramos encontrar en Dios un motivo de reír frente a las dificultades, simplemente al reconocer que Él es fiel para con nosotros. No tenemos motivo real para quedarnos angustiados con las dificultades del vivir. Dios está a nuestro lado. ¿Dejaremos que él nos de una razón para reír?

—©2010 Chrístopher B. Harbin

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