¡Qué Profeta!

Génesis 20:1-18

Rev. Chrístopher Harbin, Primera Iglesia Bautista de Huntersville, NC

14 de marzo de 2010

Mirando a las noticias se ve muy claro que hay problemas continuos entre liderazgo en la vida política, la vida de comercio y también la vida religiosa. Se parece que no hay institución que no sufre problemas con su imagen pública por cuestión de las fallas éticas de sus líderes. Vimos hace poco la destrucción de confianza en este país con referencia al sistema financiero. Continuamos a ver políticos sendo desenmascarados por sus fallas morales. Continuamos a escuchar acusaciones de abusos y crímenes entre líderes de la iglesia católica, como también de pastores entre otras denominaciones. Por norma queremos apuntar los dedos a tales y considerar que ya no sirven como líderes, pues que son fallos y humanos. Queremos considerar que líderes religiosos así no pueden ser siervos de Dios. ¿No es necesario que los siervos de Dios sean tan puros e íntegros como su Señor?

Mucha gente confía en los sueños como revelaciones de verdades, aún como mensajes de Dios o de algún espíritu, avisándoles algo referente a su vida o del futuro. Aparentemente, algunos sueños lo son, mientras otros no. En el antiguo oriente también se tomaban los sueños como formas por las cuales se comunicación los dioses con los seres humanos. Pensaban-se en especial que los reyes y profetas tenían acceso especial a los dioses por medio de sus sueños, mismo cuando les resultaba necesario que alguien se los interpretara.

En el caso del rey Abimélec, no había necesidad de que nadie le interpretara su sueño. Era de veras un mensaje de Dios y además un mensaje muy directo. El texto no nos cuenta detalles, pero es posible de que Abimélec andaba buscando algún mensaje de la parte de Dios. Eso, por que había un gran problema en su corte por algún tiempo, ya que sus mujeres habían quedadas estériles. Habían pasado meses desde que Abrahán había llegado en su tierra y presentado a Sara como su hermana. Había pasado tiempo desde que Abimélec la había tomado a Sara como mujer, tal para forjar un pacto con ese hombre poderoso que era Abrahán.

Era muy de norma que cuando un hombre importante buscaba orientación divina se colocara a pasar la noche en un local sagrado, primeramente ofertando muchos sacrificios para clamar por la atención divina. Pasando la noche allí, esperaba que le atendiera su dios con un sueño o visión que le comunicara como seguir su vida bajo orientación divina. Comoquiera, Abimélec vio de inmediato que su sueño no era un sueño sin importancia, pero una comunicación divina de la parte de Yahvé, el Dios de Abrahán. A la primera hora de la mañana reunió a sus ministros para comunicarles el sueño y hacer sus planes para responder a la crisis que se había desencadenado en su corte.

Quizás el aspecto más distintivo del sueño sea la parte en que se refiere directamente a Abrahán. El desastre de infertilidad entre las esposas de Abimélec se debía a que él había tomado por mujer a la esposa de Abrahán, y ese era profeta de Dios. Mismo en el sueño Dios le comunicó que Abrahán le había pasado una trampa, escondiendo la realidad de que Sara era su esposa además de ser su hermana.

¡Qué profeta! No es el primer relato que leemos en Génesis de que Abrahán presenta a Sara como su hermana. La primera vez fue en Egipto. Allá lo había hecho en consecuencia de su miedo de que lo mataran para tomarla a ella para el Faraón. Dios había intervenido en la corte del Faraón y liberado a Sara, haciendo que se la regresaran a Abrahán. Otra vez aquí Dios interviene para arreglar el desastre que su profeta había ocasionado.

¿Cómo puede ese profeta no había aprendido de su experiencia? Hay una serie de preguntas que nos vienen al depararnos con ese relato del profeta y padre de la fe. ¿Qué hay de tan especial en él que Dios lo había elegido como profeta y patriarca de la nación que tomaría para proclamar su identidad? Ese hombre cayó en desgracia hace algunos capítulos en el relato de su viaje a Egipto. Ahora cae en la misma rutina al pasar por las tierras de Abimélec. Una vez es una tontería. Caer en lo mismo en otra ocasión es el inicio de la creación de un hábito. Tal empieza a decirnos más referente al carácter de la persona. En el caso de Abrahán nos hace cuestionar no sólo a sus calidades personales, pero a las decisiones de Dios en elegir a Abrahán como su profeta y representante oficial.

Fuéramos nosotros, Abrahán ya estaría desempleado como profeta. Quizás dejaríamos que tuviera una falla—la de Egipto. Esa primera podríamos hasta dejar como una experiencia de aprendizaje. ¿Pero otra vez la misma cosa ahora en otra localidad? Tendríamos que pensar dos veces antes de dejar que continuáramos aprobando a Abrahán como profeta y representante divino. ¿Cómo es que Dios no veía las fallas de carácter en su profeta elegido? ¡A nosotros está tan claro como el sol a mediodía!

Dios debería de haber colocado a Abrahán en la cola de los profetas desempleados. Quizás aun servía para recoger a la basura, ¿pero como profeta del Dios Altísimo? ¡Ni pensar! ¡Era un mentiroso! Escondía la verdad tras verdades parciales. Hacía trampa con los demás para su propia protección y avance económico, ignorando la voluntad de Dios. No tenía el carácter necesario para profeta. No tenía la ética exigida de un siervo del Altísimo. No presentaba bien a Dios, pues era demasiado humano y fallo. Confiaba más en sus trampas que el la provisión o protección de Dios. ¿Cómo lo podía aportar Dios a uno que era tan débil como ese tal Abrahán?

Queremos nosotros otra clase de siervo, profeta y representante. Queremos alguien que sea más como a Jesucristo, sin mácula, arruga y mancha. Queremos un profeta y siervo que sea perfecto, recto y sumamente puro en todas sus acciones, actitudes y relaciones. Exigimos que el siervo de Dios no sea muy parecido a nosotros. Quizás exigimos tal por que queremos descalificar o a nosotros o al mensaje de Dios por medio de sus siervos imperfectos.

A Abimélec, Dios no responde nada referente a la cuestión de la falla de Abrahán. No dice nada que se nos sonaría como crítica al patriarca. De igual modo, Dios aprovecha la situación para decir a Abimélec que ese estaba en necesidad de arrepentimiento. Dios ignoró las fallas en el carácter del profeta, siguiendo con sus planes y no se refrenó por las fallas de Abrahán en comunicar su voluntad. Tampoco se distanció de Abrahán.

Todos los profetas de Dios tuvieron sus fallas. Cada uno de sus siervos se cayó en un punto o en otro. Gedeón era cobarde, David era adúltero, Noé era borracho, Jonás era vengativo, Pablo era asesino y Pedro hablaba sin pensar y sin comprender el evangelio de su Señor. Nada de eso les fue excusa, ni para que sirvieran a Dios, ni para que la gente escuchara el mensaje de Dios por medio de esos hombres tan fallos. Dios estuvo listo a utilizar a una mula para comunicar su mensaje, bien como a una prostituta.

La cuestión real jamás fue ¿qué tipo de profeta es ese para comunicar la palabra de Dios? o ¿quién soy yo para servirle a Dios? El asunto real siempre ha sido, ¿cuál es la palabra de Dios para mi vida? y ¿cómo quiere Dios utilizar a mi como su profeta y siervo? A final de cuentas, el asunto no es el carácter del profeta, sino la identidad del Dios que se representa. ¿Estamos listos a mirar a Dios y ni tanto a los fallos humanos que buscan hacer su voluntad?

—©2010 Chrístopher B. Harbin

Este sermón en pdf

This sermon in English


The Baptist Top 1000 Bible Top 1000