Hospedando a Dios

Génesis 18:1-15

Rev. Chrístopher Harbin, Primera Iglesia Bautista de Huntersville, NC

28 de febrero de 2010

Es muy común que las gentes de varias culturas se dicen muy hospedadoras. He escuchado muchos hablar con orgullo de su carácter de servir a huéspedes de muy buena gana. Por general, las gentes sienten que hay algo muy especial en su carácter de servir a las visitas y acomodarlas de buena forma. Lo que no se percibe a menudo es el hecho de que la gran mayoría de las culturas se sienten muy hospedadoras, como se apenas ellos lo saben ser. Ignoramos que las formas de recibir visitas varían mucho de cultura en cultura y que la mayoría de las culturas prestigian mucho el servir a las visitas con buenas ganas. Ignoramos también, que hospedamos a unos mientras ignoramos a otros. Antes de hospedar, definimos quienes son o no dignos de nuestros esfuerzos y recursos.

El en Antiguo Oriente, la forma de tratar a las visitas era reconocido como muy importante en relación a obedecer a los dioses y en definir la calidad de la rectitud de uno. Tratar bien a los extranjeros, a las viudas y a los huérfanos era un refrán por el cual se medía la rectitud personal. Era integral a la definición del ser justo y se reivindicaba lo mismo de los dioses que de las personas. No quiere decir que la gente decididamente era muy hospedadora, pero lo mantenían como un ideal. Fue en ese contexto que llegó Abrahán a recibir a tres hombres que se acercaron a sus tiendas. Vio en su acercamiento la chance de ofrecer aceptación y provisión para algunos que no tenían protección a partir de los sistemas locales de juicio.

Al reconocer la llegada de los tres varones, corrió Abrahán para recibirles y ofrecerles de su generosidad y provisión por sus necesidades. Conforme tratos normativos de hospitalidad, ofreció lo esencial que tenía para proveer por los viajantes, pero a la vez se puso a preparar mucho más de aquello oficialmente ofrecido. Prometía poco, pero entregaba mucho.

El texto nos dice que habló con Sara para que ella hiciera pan desde 20 kilogramos de harina. Siendo esa la medida, estaría pidiendo que hiciera el equivalente a unos cuarenta panes grandes, lo suficiente para muchas personas, bien allá de los tres mencionados en el texto. Probablemente viajaban estos tres como parte de un grupo que incluía siervos de apoyo. El pan se serviría junto con carne, lo que era una provisión muy especial. La gente de su día no comía carne, a no ser en ocasiones especiales. Junto con el ternero que Abrahán mandó preparar, servía a los visitas de leche y mantequilla junto con el pan. Se puso entonces a servir como un esclavo atendiendo a la mesa de su amo, no como el anfitrión dando órdenes a sus muchos siervos.

Esperaba Abrahán servir a sus huéspedes de buen grado. Reconocía que eran gente especial y poderosa, pero aún no reconocía bien quienes eran. Simplemente sabía que eran visitas y que tenía la oportunidad de serviros de buena gana. Eran mucho más del que esperaba Abrahán. No fue hasta la final de su vista, entretanto, que llegó Abrahán a reconocer a quienes servía. Antes de eso, ya habían preguntado por su esposa y designado que tendría ella un hijo antes del año entrante.

¡Qué raro que una visita se metiera de tal forma en asunto personales¡ El hecho de que Sara no tenía un hijo no era algo tan secreto, pues se pensaría que Abrahán ya tendría presentado sus hijos delante del grupo de visitas. Faltando tal presentación, se reconocería que él no tenía ningún hijo para presentar. Lo que se hace extraño era el comentario. Al preguntar por ella, uno de los tres menciona que en dentro de un año habría ella ganado un hijo, el hijo que tanto había esperado. De cara, Abrahán estaba de edad avanzada. Por simple lógica, tendría el una esposa ya hace mucho tiempo. Sin un hijo a mostrar a los visitas, tendrían Abrahán y Sara problemas con su fertilidad. No era un tema para levantar en broma o sin sinceridad.

Ya Dios se la había prometido un hijo a Sara, pero ni ella ni Abrahán se habían acostumbrados con la idea. Aún no creían de veras que sería posible que tuvieran un hijo propio. Dios había hablado con Abrahán del mismo, pero ni él ni ella aún habían acepado la idea. La promesa se les sentía como una broma, una broma de muy mal humor. Era como que uno mirara a sus heridas y las llenara de sal. Pero no era ese un simple comentario cualquier. No era ninguna broma. Era una promesa, como la palabra de un profeta que anunciaba la voluntad y el plan de Dios.

Abrahán había probado su rectitud en la recepción de esos viajantes que se encontraban en necesidad. Abrahán les había provisto en abundancia, sin esperar nada en retorno. No se aprovechaba del evento para tomar ventaja de hombres sin poder en el ambiente al su rededor. Eran viajantes que se suponían que no estarían regresando más por esta área. Vio una necesidad y se puso a atenderla. No era algo que le costó mucho. De entre sus manadas, un animal para atender a las visitas era poca cosa. La leche y mantequilla, el pan y el agua eran poca cosa. A la vez, demostraba su preocupación con otros, no simplemente consigo mismo.

Fue en ese contexto que vino la promesa a Abrahán y Sara. No era un pago por la comida ofrecida. Dios ya había prometido el mismo hijo. La palabra llegaba como un recuerdo de la promesa que Dios ya les había dado. A la vez, se les fue necesario oír la promesa como se por la primera vez. Eso, pues no habían aceptado la palabra de promesa en su primer instancia.

Cuando la noticia es demasiada buena, puede que nos cuesta aceptar la verdad. A veces es más sencillo aceptar la noticia de un u otro desastre, como la del terremoto en Chile esta semana. Es más difícil confiar en una buena promesa cuando sentimos que pueda que la promesa no se cumpla. Aceptar la promesa incluye confiar en la solución ofrecida. Incluye dejar que nuestra propia esperanza crezca en expectación y anticipación. Incluye que nos hagamos vulnerables a la palabra ofrecida.

Es como aceptar el ser huésped de otro. No se sabe como el otro lo tratará. Puede ser que nos diga una cosa y luego nos sirva otra. Como en el caso de Abrahán, puede ser que lo que se ofrece para saciar nuestras necesidades sea más que lo suficiente. Puede ser que no llegue al tanto. Mientras Abrahán estaba hospedando a Dios, era Abrahán que estaba en control de la situación. Era Abrahán que hacía las decisiones de que y como servir. Era Abrahán que decidía hasta que punto ofrecía de sus bienes y recursos para proveer por sus visitas. Aceptando la ofrenda de Dios, sin embargo, colocaba las decisiones y el poder en manos de otro.

Quizás nos sea difícil entregar nuestro todo a Dios. Quizás sea difícil largar mano de los recursos bajo nuestro control para entregárselos a Dios en fidelidad. A la vez, pueda que servir a los demás nos sea la parte fácil. Pueda que encontramos en el servir al otro el control que sentimos faltar. Sin embargo, no es para darnos control que Dios nos llama y nos visita. Dios viene pidiendo que cedamos control de nuestras vidas, apoyándonos como las visitas que llegan a nuestras puertas, dependientes del servicio y ofrecimiento de otros. ¿Estamos listos a ser los huéspedes de Dios, o sentimos necesario medir nuestro valor simplemente por nuestro servir, manteniendo control de la situación?

—©2010 Chrístopher B. Harbin

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