Conociendo a Dios

Génesis 12:4-20

Rev. Chrístopher Harbin, Primera Iglesia Bautista de Huntersville, NC

07 de febrero de 2010

Conocer a alguien es un proceso. Conocer a alguien lo suficiente para confiar plenamente en él requiere la inversión de tiempo. No se llega a conocer a nadie en una visita de cinco minutos, ni en una reunión de dos horas. Se puede conocer aspectos de alguien en poco tiempo, pero es necesario convivir con esa persona para llegar realmente a conocernos el otro. Es un proceso de toda una vida para realmente conocernos, en parte por cuestión de que nosotros cambiamos en el trayecto de nuestra vida. En parte, por que muchas veces nuestros prejuicios impiden conocer los aspectos del otro que no encajan precisamente en nuestras definiciones ya elaboradas. Lleva tiempo para conocer al otro como realmente es, no como lo hemos imaginado.

Abrahán conocía a Dios. Mejor dicho, lo estaba empezando a conocer. Había viajado horas, días, meses y años para llegar tan lejos con este Dios que aún no conocía bien. Había confiado que, a diferencia de los llamados dioses de los pueblos por donde había pasado, Yahvé podría protegerle y guiarle por donde quiera. En más de mil quinientos kilómetros lo había probado y Dios había sido suficiente. Para su tiempo y contexto, había viajado mucho en su peregrinaje de fe. No se subía sobre los hombros de gigantes en su conocimiento de Dios. Vivía metido a un contexto dentro del cual nadie pensaba como nosotros de un Dios todopoderoso que singularmente había creado el mundo sin necesidad de ayuda o la intervención de otro, ni tampoco carecía de ayuda en mantener esa misma creación.

Las gentes de su día pensaban en sus dioses como faltando gran poder, soberanía, conocimiento y control. Pensaban que las guerras entre pueblos revelaban el poder de sus dioses, pues veían las peleas como pleitos entre esos supuestos dioses, no entre los hombres que les servían. Pensaban que el su poder se limitaba a regiones geográficas específicas. No se percibía que podría haber un Dios sin tales limitaciones. Pero Abrahán escuchó el llamado de Yahvé para salir de la tierra de sus padres y empezar una jornada a una tierra muy lejana, confiado en que Yahvé le protegería por el trascurso del camino.

Abrahán era el gigante de la fe en cuyos hombros otros se han subido para conocer un poco más de Dios. Él hizo algo que en su tiempo era inusitado al confiar en la soberanía de Yahvé en tierras ajenas, entre gentes que veneraban a otros dioses. Viajó muy lejos en su peregrinaje de fe. Después de años de viajar con sus manadas de animales, llegó a la tierra que Dios le había indicado. Fue en ese punto que su fe fue puesta a prueba, pues en esa tierra escasearon las lluvias necesarias para la manutención de sus manadas y cultivaciones. Se alejó entonces de la tierra al que Dios le había llamado, yéndose para Egipto, el poder económico y político del mundo de entonces.

Allí no había sequía ni escasez de alimentos. En Egipto se pensaba que los dioses egipcios era suficiente fuertes, poderosos e indulgentes para mantener la llegada de la lluvias. Quizás fue en este punto cuando la confianza de Abrahán en Dios falló por primera vez. O Dios no pudo suplir sus necesidades en Canaán, o no pensó que era importante hacerlo. Posiblemente Abrahán pensó que no habiendo problemas en Egipto, era debido a que los dioses egipcios eran más poderosos que el suyo.

De cualquier modo, la fe de Abrahán tambaleó al llegar al Egipto con Sarai, su esposa y media hermana. Al entrar en el Egipto, por lo tanto, buscó refugio en el hecho de ser ella su hermana, para que no la tomaran de él por la fuerza, matándolo para quitársela. Se sintió desamparado y desprotegido en una tierra ajena y en situación delicada. Se sentía un blanco fácil para el abuso.

Abrahán tenía miedo. Miraba al poder de Egipto. Veía la caracterización que tenían de sus dioses. Miraba y escuchaba a lo que se decía de la protección y provisión de esos dioses. Miraba a la fuerza del Faraón con sus ejércitos. Miraba a la hartura de la tierra. Lo que le había sido suficiente en la provisión de Yahvé en la jornada larga de otro tiempo perdía aprecio frente su nueva preocupación. Enfrentaba su necesidad en contraste a una saciedad en tierra ajena. Pensaba, reflejaba, preocupaba y se puso ansioso. Su incertidumbre tomó cuenta de su atención y le desvió la mira de su historia con Yahvé.

Siempre había confiado en Yahvé, pero ahora veía un obstáculo nuevo y su fe se desvanecía. En otras tierras, había pasado confiado en su fuerza. Era líder de un clan que reunía muchos hombres valientes. Había confiado en Dios, pero a la vez había medido su propia fuerza contra los pueblos pequeños por donde había pasado. Una cosa es confiar en Dios frente a un enemigo numéricamente inferior a su propio contingente. Otra cosa es confiar en Dios cuando uno piensa que está arriesgando su propia vida. Esta era la situación en la que Abrahán se encontraba ahora en Egipto.

Abrahán reconocía que su esposa Sarai era muy hermosa. Sabía también que era de esperarse que un rey tomara a las mujeres más bellas para formar parte de su corte. El se imaginaba que era muy posible que lo mataran para apoderarse de ella. Propuso elaborar por su cuenta una estratagema para protegerse a si mismo. Pidió a Sarai que no dijera que ella era su esposa, sino que su hermana. No fue exactamente una mentira absoluta, pero lo era en el sentido de querer ocultar la verdad. Siguieron en su interés y plan de proteger a Abrahán frente a lo que entendieron ser su peligro frente a la corte Egipcia. Lo que olvidaron fue de buscar a la orientación de Dios.

Como pensaban, el rey, el Faraón de Egipto, quiso agregar Sarai a su corte. Pero no se imaginaron que Dios, Yahvé, estaba también en medio del contexto y se preocupaba por Abrahán y Sarai. Yahvé intervino en la corte del Egipto. No sabemos cuanto tiempo pasó, pero por lo menos hubo tiempo suficiente para notarse de que las mujeres de la corte del Egipto no estaban quedando embarazadas. En este punto, Faraón comenzó a preguntarse la razón por la cual su harén había sido visitado por una plaga de infertilidad. Para el contexto de Abrahán, era una situación muy preocupante. El pulso del poder de los dioses egipcios se medía en cuestiones de fertilidad, tanto del abastecimiento de provisión agrícola, como también de la fertilidad humana.

Abrahán había buscado refugio en Egipto, tierra supuestamente protegida y controlada por los dioses más poderosos del mundo conocido. El superpoder de la época, entre tanto, no tenía recursos contra la intervención de Yahvé. De alguna forma que el texto no nos explica, el Faraón se enteró de que Sarai no era simplemente la hermana de Abrahán, sino su esposa. Comenzó a pensar que quizás su harén estaba siendo juzgado por la indiscreción del Faraón en tomar a Sarai cuando no le era lícita tenerla a ella. Al cabo del tiempo, Abrahán no solo recuperó a Sarai, sino que fue expulsado de Egipto.

En medio de todo, Abrahán aprendió algo más referente a Dios, Yahvé, a quien servía. Aprendió que Dios está más allá de los problemas y dificultades que le hacía temer. Aprendió que no necesitaba temer el poder de Egipto con sus dioses, ejércitos y economía. Aprendió que Yahvé estaba al tanto de sus dudas, preocupaciones y miedos. Dios le enseñó que debía haber buscado en primer lugar su orientación. ¿Adónde estamos nosotros en nuestra peregrinación de fe? ¿Podemos aprender del ejemplo de otros como Abrahán, o tendremos que pasar personalmente por los mismos caminos? Hace falta conocer bien a Dios, tomando el tiempo necesario para cultivar esa relación y dependencia.

—©2010 Chrístopher B. Harbin

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