Conforme los Medios de Dios

Mateo 11:12-24

Rev. Chrístopher Harbin, Primera Iglesia Bautista de Huntersville, NC

24 de enero de 2010

No pensamos como Dios. No tenemos la capacidad. No tenemos la perspectiva. Somos finitos en contraste al infinito. Sabemos que Dios es distinto a nuestros parámetros y que somos limitados. Eso muy difícilmente discutiríamos. Entre tanto, es esa el gran problema que tenemos con Dios. Queremos que Dios sea más como nosotros. Así lo podríamos comprender mejor. Pero si Dios en tanto más allá de nosotros, ¿por qué pensamos que Dios debería de actuar de acuerdo con nuestro modo de pensar? ¿Qué razón tendríamos para esperar que Dios fuera más como nosotros y menos como el gran soberano del universo?

Juan el Bautista era héroe desde la perspectiva de Jesucristo. La gente lo estimaba como un profeta, pero a la vez los líderes religiosos y mucha gente que seguía sus indicaciones no lo encontraron ser algo muy especial. Encontraban formas de hallar críticas para arrojar en su dirección, tal para llegar a clasificarlo como un endemoniado. Era muy severo en su forma de conducir su vida, comiendo cosas raras, actuando de forma austera y sin utilizar vestimentas dignas de una posición social. A Jesús, por otro lado, esas mismas gentes buscaban críticas para clasificarlo igualmente como endemoniado, glotón o borracho. Esta vez, encontraron en su asociación con los otros una escusa para implicarlo de faltar aceptabilidad delante de Dios.

En ambos casos, no era Dios que los había determinado inaceptables. Era la estructura política y religiosa. Eran las costumbres sociales que la gente había aceptado. Era la gente invertida en el sistema social que encontraba alguna cosa incómoda en el mensaje de Dios por medio de Juan y Jesús. Era la gente que se quedaba inconforme con los propósitos de Dios, pues estaba muy a gusto con el sistema de vida que ya habían adoptado. Ese sistema les ayudaba y apoyaba sus formas de vivir. No querían cambio, ni una crítica a su posición y satisfacción social. Querían que Dios actuara conforme los medios ya establecidos por ellos y sus antepasados, no que Dios inventara otros medios o propósitos que no les convenían a sus formas habituales de vivir.

No era que no querían un cambio. No era que les gustaba el todo de su vivir y su contexto. No les gustaba que estuvieran los romanos en poder en sus tierras. No les gustaba pagar tributo a Cesar. No les gustaba la situación económica de su gente. No les gustaba la cercanía de gentes que no adoraban a Yahvé como su único Dios. No les gustaba que había gente que ignoraba lo que comprendían ser las instrucciones de Dios para su vivir. Querían cambiar a todo eso. Querían verter su situación y contexto hacia una nueva experiencia de la provisión y bendición de Dios. Pero lo querían el todo a su modo. Que los cambios siguieran a su placer y designio. Que Dios hiciera las cosas conforme ellos comprendían que se debería ser.

Era un tanto presumido, ¿no? Sentían el derecho de decirle a Dios como debería Dios de actuar y quién le podría servir de profeta. La presunción se extendía al mensaje que Dios podría disimular por medio de sus profetas, bien como las restricciones e instrucciones que podría dar a su gente. Dios estaba libre para se Dios, pero dentro de los parámetros establecidos por el pueblo elegido. Sin al menos darse cuenta, estaba vertiendo las posiciones entre Dios y su pueblo siervo. No percibían que tanto estaban demandando a Dios, ni al mismo que estaban demandando al que llamaban su soberano. Simplemente tenían sus expectaciones acerca de cómo Dios actuaba y los habían puesto esposas a Dios, para mantenerle preso a sus formas y modos ya elaborados.

No se daban cuenta de que Dios no era esclavo a sus conceptos de Dios. No se daban cuenta de que sus conceptos eran tan fallos en lo que se refería a Dios. Hacían violencia a Dios sin percibir que lo estaban haciendo, por que confiaban demasiado en sus fórmulas y rutinas para alzar los ojos y mirar al su rededor para percibir la presencia y acción de Dios en su medio.

Estaban cercados por la presencia de Dios, pero no la miraban o reconocían. Escucharon en las palabras de Juan el Bautista el mensaje de Dios para sus vidas con el llamado a un arrepentimiento, pero su gusto por sus hábitos y rutinas de vida aplastaba el mensaje. Su incomodidad con las implicaciones de las palabras de Juan impedía que procurasen saber si su mensaje provenía realmente de Dios. No estaban a gusto y no procuraban saber la realidad por detrás de sus palabras. Dios debería de confortaros, no interferir en sus planes, sus modos de acción y las rutinas de su vivir. No querían ver a esa incomodidad como la instrucción divina, una corrección para sus medios y fórmulas de tratar uno al otro.

Juan decía que ayudaran uno al otro como si fueran uno. Juan decía que se arrepintieran de sus pecados, no contándose lo suficiente buenos. Demandó que parasen de llevar ventaja de otros y que demostraran amor real. Demandaba un cambio real de vida en contraste a una dependencia en ser hijos de Abrahán. Jesús pedía algo bien parecido. Pedía que el amor, la gracia, el perdón y la dependencia de Dios fueran las marcas de sus vidas. Demandaba que aquellos que quisieran llamarse gente de Dios vivieran conforme estas marcas de su propia vida. Exigía que empezaran a vivir conforme la exigencia de Dios, sin contentarse con hablar acerca de Dios. Clamaba por una transformación de vida desde los moldes aceptables a su sociedad hacia los medios aceptables a Dios.

Mientras querían forzar otros a actuar conforme sus modales, no aceptaban cambiar sus caminos tal para que se adaptaran a los de Dios. Tal forma de vida no era libre de su costo. Para Juan le costó su vida. Para Jesús igual. Cuando los discípulos hablaban de encontrar su posición en el reino de Jesús, este mencionó que también para ellos vendría con alto costo. No era un mensaje de simple conforto. Era un desafío para su fe y dependencia en Dios. Estaban reconociendo el mensaje de Dios y este sería cobrado de ellos. Conforme su conocer las buenas nuevas, tendrían de aceptar su responsabilidad por el mismo mensaje, mismo cuando llegaba en contra de sus medios aceptables de vivir.

Estaban demasiados cómodos con su forma de vivir para aceptar que Dios quería algo diferente para ellos. Dios quería algo más. Les llamaba a cambiar la estructura completa de su vivir con toda su complacencia. Su sentido de superioridad los alejaba de Dios y sus directrices. No se incomodaban en reconocer que Dios esperaba más de ellos. No se incomodaban para investigar a que era que les llamaba por hacer y ser. No se preocupan como Gedeón por averiguar si era o no el mensaje de Dios que escuchaban por medio de Juan y Jesús. Estaban demasiado cómodos en su medio de vivir para que dejaran que Dios interfiera en su sistema de comodidad. Era preferible arrojar acusaciones a los otros y apuntar las fallas de otras gentes que mirarse en el espejo de Dios.

¡Que fuéramos muy diferentes! También hemos recibido tradiciones que definen a los medios de vivir que sean apropiados. A nosotros también nos llega la tentación a relajarnos en nuestras rutinas de comodidad sin reflexionar lo suficiente en las demandas del amor, de la gracia y del perdón de Dios. Nos quedamos seguros y mimados en nuestros caminos de vida sin dar espacio a que Dios nos perturbe. ¿Cuándo estaremos listos a escuchar a los medios de vivir del evangelio? Estos deberían de cambiar las formas de nuestro vivir hasta que vivamos conforme los medios de Dios.

—©2010 Chrístopher B. Harbin

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