Tentación a Desconfiar

Mateo 4:1-11

Rev. Chrístopher Harbin, Primera Iglesia Bautista de Huntersville, NC

17 de enero de 2010

La confianza es comúnmente muy difícil para nosotros. Apreciamos el confiar como un ejercicio demasiado arriesgado. Depende de entregar alguna parte de nuestras vidas a los cuidados de otro. Depende de conceder que no somos dueños ni de nuestro futuro, ni de nuestro presente. Es aceptar el riesgo de que al ceder control de nuestras vidas el otro no tomará cuenta de nuestras necesidades con la misma importancia que le damos nosotros. Es como el joven que teme declarar su amor a una chica por estar inseguro de su reacción frente a su expresión vulnerable. Cada vez que alguna confianza se rompe, tornase más difícil que aceptemos confiar en otra ocasión. La tentación es de vivir la vida en aislamiento, sin depender de otros para nada.

El texto de Mateo retrata las tentaciones de Jesús en el mismo orden de las tentaciones mayores de los hebreos saliendo del Egipto hacia el desierto. Hay ciertas temáticas en común entre las tentaciones de los hebreos y las de Jesús, pero esta historia no depende directamente de la otra. Mateo quiere que recordemos a la historia del pueblo vagando por el desierto, pero esta historia de Jesús es muy distinta. En sus distinciones es que tornase significativo para nosotros, como para su público original. Mismo que las tentaciones de Jesús fueran semejantes a los nuestros, él los pasó de una forma distinta.

Israel fue llamado a ser hijo de Dios, pero falló en cumplir con ese llamado. Aun era el pueblo de Dios, pero no consiguió ser el pueblo según el carácter de Dios. Falló no en el hecho de pertenecer a Dios, pero en reflejar el carácter de Dios por vivir en comunión con y aceptación de la voluntad divina. Falló en confiar en la protección y provisión de Dios. En el desierto reclamaba de Dios por comida, agua y liberación de sus enemigos. No llegaron a confiar que el mismo Dios que los había quitado del Egipto los mantendría en el desierto. A contraste, Jesús demuestra su fidelidad y confianza en Dios, tal para reclamar base para ser llamado Hijo de Dios en el cual Dios tiene placer.

En sus cuarenta días de tentación, lo esencial le fue la tentación de hacer menos de Dios que se debe. Era la tentación de desconfiar del poder y del cuidado de Dios. De perspectiva mayor, no nos interesa la especificación del las tentaciones. A la vez, Mateo los detalla para que entendamos que Jesús pasó en esencia por lo mismo de nuestras tentaciones.

Escuchamos noticias esta semana de terremotos en el Haití. Vimos fotos de gentes heridas, edificios tumbados, desmoronamientos que han dejado millones de personas desabrigadas, hambrientas, sedientas y angustiados por la desolación sufrida. Quizás escucharon también esta semana las palabras de Pat Robertson, pronunciando ese desastre una retribución divina.[1] Tal pronunciamiento no proviene de una confianza en la bondad de Dios. No tiene como raíz una dependencia en el amor y la provisión de un Dios de gracia. Llega a ser muy parecido al tono de las tentaciones a Jesús en lugar de sus respuestas a las mismas. Robertson habla desde la perspectiva de que Dios no es compasivo, tanto como vengativo. Habla desde la perspectiva de que nosotros somos más compasivos que Dios. Viene él del mismo punto de vista que las propias tentaciones a Jesús: «no confíe en Dios, pues hay que cuidar de si mismo.»

No digo que Robertson reconoce la conexión y las implicaciones de sus palabras y hechos. Entretanto, la conclusión que se saca al oír tal mensaje de condenación por consecuencia del pecado focaliza la justicia, retribución y venganza en oposición a la gracia, misericordia y compasión. Es el cerne de nuestro problema en depender de Dios en medio de las dificultades de esta vida.

Somos tentados a depender de cosas diferentes, pero siempre contrarias a una confianza y dependencia en Dios. Queremos aprovechar posición y privilegio para cuidar de nosotros mismos en contraste a depender. Queremos forzar la mano de Dios de algún modo tal que Dios nos sirve de esclavo como el genio de la lámpara mágica. Queremos aprovechar poder o fuerza como modo de alcanzar nuestros objetivos, sin importar el proceso de nuestras realizaciones. Tales tentaciones nos son comunes. Ni uno de ellos coopera con la voluntad de Dios, ni llegan a apoyar sus propósitos de Dios.

Somos desconfiados. Los planes y modos del evangelio nos parecen impotentes. No sentimos que los medios de Dios pueden realizar algo tan importante como cambiar el mundo por medio de la gracia y el amor. Desconfiamos, pues no conseguimos ver los resultados que se debería de esperar. Es más fácil mirar a la vida desde otra perspectiva. Es más sencillo sucumbir a la tentación de quedar en nuestra desconfianza que ejercer a la fe en medio a las dificultades. Es en las dificultades serias que cuestionamos si la gracia de Dios realmente es lo suficiente para nosotros. Es en tales situaciones que somos tentados a procurar otro medio de alcanzar nuestros objetivos.

Jesús fue tentado a buscar otro camino de ser Mesías, otro estilo para realizar sus objetivos. Fue tentado a apoyarse en algo aparte de Dios y el plan divino. Fue tentado a encontrar soluciones por algún u otro atajo. Para nosotros no es raro buscar algún acortamiento por medio de soluciones políticas, económicas o propagandistas. Somos llamados para tales caminos de realización, pero no es así el plan de Dios. Su plan para alcanzar al mundo y cambiar vidas es por medio de las cosas sencillas pero tan difíciles. Para Jesucristo, ese plan incluía su muerte y sufrimiento en la cruz. Para tal no había atajo o camino más fácil. La tentación de encontrar otro modo de emplear la salvación era muy real, pero también sin capacidad de realización. Era un beco sin salida, una trampa sin potencial.

Nuestras tentaciones no son tan diferentes que esas las Jesús pasó. Nos llaman a abandonar el plan de Dios para seguir otro rumbo. Queremos navegar la vida por un camino más fácil, más llamativo, más placentero. No queremos lo que es realmente mejor. Queremos un atajo que nos parezca menos dificultoso o más rápido. No queremos agotar las energías y sentirnos el malestar de tener que depender de otro sin poder realizar por nosotros mismos con sobra de energías y recursos. Queremos sentir que estamos arriba del mundo, en control, con poder para superar todo y sin necesidad que cualquiera.

No fue para eso que Dios nos creó. No nos hizo para sernos independientes y autosuficientes. Nos hizo interdependientes uno del otro y dependientes de Él. La tentación que pasamos es más que nada la de desconfiar del placer divino en proveer por nuestras necesidades y enseñarnos el camino de vida que es realmente el mejor para nosotros y los demás.

Dios no es ningún justiciero vengativo como lo pinta las palabras de Pat Robertson. No se queda preparando para atacarnos con desastres naturales, físicos, o emocionales. Queda a llamarnos a depender de su amor, gracia y provisión. Queda preparado a guiarnos en medio de las dificultades tal que aprendamos a descansar en confianza en contraste a la tentación de andar siempre desconfiados.

¿Estamos listos a vivir en confianza del amor, la gracia y la provisión de Dios? Puede ser que su plan no es aquel que nosotros elegiríamos. ¡Seguro que no lo es! Al mismo tiempo, ofrécenos una forma de vivir arriba del tumulto de las tentaciones desconfiadas. Dios nos ofrece un nuevo vivir basado en que su gracia y amor nos llevan por medio del desierto a encontrar su provisión y paz frente a las dificultades del vivir. Puede llevarnos hacia una cruz, pero reconociendo que allá mismo Él ya está.

—©2010 Chrístopher B. Harbin

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1 http://www.cnn.com/2010/US/01/13/haiti.pat.robertson/index.html


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