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TheoTrek — A Journey with God in Discipleship | |
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Según La Sabiduría 1 Corintios 2:6-16 Rev. Chrístopher Harbin, Primera Iglesia Bautista—Huntersville, NC 03 de enero de 2010 Mirando a través de los siglos los muchos cambios de pensar que ha tenido la iglesia, se nota que conforme la sociedad cambiaba su pensar, la iglesia se adaptó a tales realidades. La esclavitud era aceptada dentro de la iglesia hasta que fuerzas desde afuera demostraron la inadecuación de la esclavitud practicada. El racismo entre blancos y negros apunta a otro ejemplo del mismo fenómeno en el cual la iglesia ha aprendido de la sociedad. El papel y valor de la mujer indica otro ejemplo de transformación social. La iglesia recibe demasiadas transformaciones sociales, cuando debería ser el agente de cambio. Este no es un retrato completo de la iglesia, pues muchos de aquellos promoviendo tales cambios sociales fueron gente de fe. La preocupación es, que en tantos casos, los de afuera de la iglesia adoptaron tales transformaciones de pensamiento, muchas veces bien coherentes con el evangelio, mucho antes de que lo hicieran la mayoría de nuestras instituciones religiosas. Comúnmente seguimos un paso atrás de la sociedad, mientras deberíamos marcar el tiempo a seguir. No debería ser esa la realidad de la iglesia. El plan de Dios es distinto y transformador. Pablo habla de una sabiduría desde la cual deberíamos actuar en contraste al paso de la sociedad en cuyo medio vivimos. Es desde esa sabiduría mayor que deberíamos actuar como agentes de transformación positiva en ese mundo. Para eso Pablo predicaba y actuaba en las ciudades del Imperio Romano. Era agente transformativo en las sociedades por donde pasaba. La diferencia era que no aprovechaba las herramientas de fuerza y poder tan comunes entre los demás. Vivía en medio de gente que pensaba mucho en el poder, pero Pablo actuaba para transformación al aceptar el sufrimiento y el amor como modos transformativos. Su sabiduría era contracultural y contra-intuitiva. Pablo no procuraba transformar el mundo por medio de los vehículos de poder y política del Imperio Romano. No procuraba aprovechar fuerza, riquezas e imposición para efectuar los cambios. Buscaba transformar el mundo de vida en vida. Este no es el patrón de nuestra sociedad, pero es el patrón del evangelio. Pablo buscaba que la iglesia aprovechase patrones y motivos de transformación de la sabiduría divina para efectuar una nueva realidad. No estaba listo para aceptar que la iglesia aprendiera de la sociedad. Afuera de la iglesia había demasiadas intrigas, pleitos y búsquedas de poder y control. Había un vivir desenfrenado procurando riqueza y poder. Había violencia por todas partes, tanto en el panorama físico como el emocional y económico. Faltaba amor, gracia, misericordia y perdón. Faltaba frenar los deseos carnales y controlar los impulsos del momento. Había poco deseo de trabajar por justicia y rectitud en el trato con los despojados e impotentes. Empatía para con los demás no era la norma social, sino la rareza eventual. Muy poco pensaban como Jesucristo. Muy poco comprendían su caminar en amor, gracia, misericordia y perdón. Muy poco se dejaba escuchar que Dios estaba listo para interactuar con la humanidad de una forma íntima y directa. Muchos pensaban que Dios estaba imposiblemente lejos del alcance humano. Pensaban un tanto mal de la mayoría de sus dioses, mirándolos como indignos de confianza y temperamentales. Actuaban conforme al miedo que sentían del mundo celestial. Procuraban evitar llamar la atención de sus dioses, a no ser por medio de ritos bien establecidos para ganar una atención positiva. El evangelio que Pablo vivía y predicaba procedía de forma bien distinto. Transformaba vidas como la de Pablo, pero planeaba también la transformación del mundo. A primera vista, el evangelio era una tontería. Allí se encontraba Pablo, alguna vez torturado, aprisionado o como mínimo expulsado de más otra ciudad. Muchos de los judíos lo perseguían a el y a los demás que habían aceptado su predicación de la gracia de Dios en Jesucristo. No era una vida llamativa para muchos. Era desconcertante reconocer que la persecución les esperaba a aquellos que escuchaban las buenas nuevas. Era tortuoso aceptar que un creyente trabajaría por el bien de los demás, esperando que estos perjudicaran a los mismos creyentes. Había un costo en ser agente transformador. Había un costo en aceptar el vivir conforme a la sabiduría divina, contrariando así a la sabiduría humana. Lo esencial de esa sabiduría ya se veía en la vida de Jesucristo. Su carácter y sus actitudes eran demostraciones del plan y la sabiduría de Dios referente a nuestro vivir y convivir en la tierra. Él era agente de transformación tanto al llegar delante de Dios, como en la interacción humana por medio de su amor y gracia. Vino a ofrecernos un nuevo modelo para vivir. Vino a dar el ejemplo supremo valorando a todos sin importar las distinciones sociales de las cuales tantos se valían. En Corinto era un problema particular la cuestión de distinciones sociales. En el panorama de su carta, Pablo se dirigía a tratar los problemas que había ocasionado el sistema de colocar un grupo frente a otro. Había pleitos referentes al hablar en lenguas, referentes a seguir uno u otro líder de la iglesia y referentes a clases económicas. Pablo tuvo que recordarles a estos hermanos que todos habían sido llamados por Cristo para ser un solo cuerpo. Sus distinciones no servían de nada frente al evangelio. Sus distinciones y pleitos tenían mucho que ver con las cuestiones de la sociedad, pero no tenían nada que ver con el evangelio de Jesucristo. La gracia de Dios ignoraba todas las distinciones, pues consideraba que todos sin excepción carecían del la misma gracia y el mismo perdón nivelador de Cristo. El evangelio no llegaba en los moldes de poder y autoridad según la sabiduría del mundo. No seguía patrones de riqueza conforme a la economía de la sociedad. No se detenía en marcar distinciones entre esclavos y libres, hombres y mujeres, judíos y gentiles. Reconocía que sin excepción, cada cual tenía la misma necesidad delante de Dios. No importaba el conocimiento de uno. No importaba su situación económica, el color de su piel, el número de sus hijos, su estado matrimonial o su clase social. No hacía diferencia el tener recursos y acceso político. Nada de eso valía delante de Dios. Lo que valía era el entregarse en las manos de Dios para ser transformado desde adentro. En esa transformación interna, empezaba el proceso de transformar la sociedad que le rodeaba. No era por las vías políticas o las instituciones sociales que llegaba el cambio, sino por el cambio de vidas individuales. La transformación pasaba de uno a otro hasta que en algunas décadas se habría transformado la sociedad de forma que la gente dejara de atender a los cultos y sacrificios paganos en toda la zona.[1] Al vivir con Cristo, la forma de vivir de Cristo pasaba a vivir en los individuos e influenciaba a los demás. Transformaban a la sociedad a la medida que dejaban que Cristo transformara su interacción entre si y para con los demás. Dejaban ver el ejemplo de Jesús en sus vidas. Dando el ejemplo de su gracia y amor irrestricto, la sociedad pudo ver en ellos un modo distinto de proceder, un modo distinto de ofertar a otros la gracia y amor de Dios. Esta no era la norma de sabiduría de su sociedad, pero era el vivir según una sabiduría divina, suficiente para transformar un mundo de acuerdo con el vivir de Jesucristo. ¿Estamos listos para cambiar la sabiduría mundana por la de Cristo? Es la única forma de efectuar la transformación que necesitamos, cambiándonos en agentes de la gracia transformadora de Dios. —©2010 Chrístopher B. Harbin 1 Harbin, Christopher. Eschatology: God's Ultimate Reign, pp. 37-38. | |
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