Gozo Aplastado por Miedo

Mateo 8:28-34

Rev. Chrístopher Harbin, Primera Iglesia Bautista de Huntersville, NC

20 de diciembre de 2009

Empezamos la estación de Adviento hace tres semanas hablando de esperanza. Los judíos estaban llenos de esperanza, aunque no esperaban que se cumpliera exactamente como Dios lo tenía planeado. Sus expectaciones controlaban gran parte de su pensamiento y definían como y donde su esperanza podría ser cumplida. Apartándose de tales expectaciones, les era difícil ver más allá de su incomodidad con el hecho de que Dios no procedía conforme esperaban. Que Dios ignoraba sus determinaciones de procedimiento les causaba tanto miedo y asombro de tal forma que no podían celebrar la gracia y el amor de Dios a gusto. No eran solo los judíos los que actuaban de esta forma. Parece que todos de alguna manera también actuamos así. Cuándo Dios no obedece a nuestras ideas, ¿celebramos con gozo y alegría, o aplastamos lo que debería ser una celebración de gozo con nuestro miedo a lo desconocido?

Jesús llegó de forma inesperada a Belén. También llegó de forma inesperada a muchos otros lugares por donde pasó. Su llegada a Jerusalén causó asombro y agitación. Su presencia en Nazaret siendo él ya adulto provocó problemas y enojo. Cuando llegó a la región de Gadara, no fue diferente. Se encontró con gente que no estaba preparada para recibirle. Él llegaba a ofrecer una libertad de vida de acuerdo con las amplias normas de la gracia de Dios. La gente no estaba lista para esto. Se preocupaban demasiado en sus cuestiones cotidianas, de tal forma que no les era posible mirar a la calidad tan liberal de la gracia divina conforme se veía en las palabras y acciones de Jesús. Tenían una caja dentro de la cual Dios debería actuar y Dios no obedecía a sus reglas. Para los judíos los gadarenos no obedecían las reglas, pero los gadarenos tenían la misma opinión de los judíos y también de Jesús.

Estaban ocupados con su proceso de vivir. Tenían todos sus quehaceres y les faltaba la energía para invertir en mirar la vida de una forma distinta como Jesús les invitaba hacer. Además, la vida ya les era difícil y necesitaban colocar toda su atención y recursos en ganar su pan diario. Encarar a Jesús implicaba desprenderse de sus rutinas para que pudieran dar atención a lo que Dios quería de ellos.

Al llegar, Jesús se deparó con dos hombres considerados muy violentos y fuera de control. Estaban poseídos por demonios y fuera de su razón. Toda la gente les temía. No podían hacer nada con ellos. Sus familiares habían perdido toda la esperanza de poder hacer algo que los ayudara. Estaban fuera de las normas de esperanza. No sabían como tratarlos, por lo que los ignoraban por completo. Ya nadie podría hacer más que llevar comida para dejarla a su alcance. Sus familiares, amigos y conocidos se habían desasociado de estos hombres por faltar esperanza. Los daban por perdidos y la gente seguía en sus quehaceres resignados a que no había solución.

Decían que estaban controlados por demonios, el término aplicado a los dioses de las gentes viviendo alrededor de Israel. No tenían una definición clara de lo que era la influencia demoníaca, pero aceptaban que era algo malo que estaba fuera de su alcance y control. ¿Quién va a controlar a un dios, aunque sea uno de los dioses menores? Así como ellos tenían problemas para identificar influencia demoníaca, nosotros también tenemos problemas al interpretar textos que hablan de gente endemoniada. Pudiera ser en ciertos casos, alguna enfermedad como epilepsia que en aquel entonces se desconocía. En otros casos es posible que por pensar que las enfermedades eran el resultado de influencia demoníaca, escribieran simplemente de tal punto de vista. La historia que tenemos aquí en Mateo es un tanto distinta. Aquí vemos acciones que no se explican simplemente por cuestión de enfermedad y cura. Los puercos echándose al mar no se relaciona con la cura de una enfermedad.

Quizás fue por eso que la gente de Gadara se asombró tanto. Los hombres no estaban enfermos simplemente a resultado de alguna acción demoníaca. Sus vidas habían sido transformadas a tal punto que no se reconocía quienes habían sido. Ya no eran padres de familia, ni hijos que cooperaran trabajando por el beneficio de sus parientes. Se habían convertido en un peso para su comunidad. No era solo el hecho de que no contribuían sino que quitaban recursos por su violencia en actitudes y hechos. Quitaban, pero no agregaban nada a nadie, a no ser tormento.

Fue a esos a quienes Jesús primeramente conoció. Necesitaban de liberación, pero ni podían pedir ayuda para conseguirla. A Jesús no le hablaban los dos varones, sino los demonios que los poseían. Eran las voces de conflicto, violencia, enojo y miedo las que se acercaron a hablar con Jesús. Con temor hablaban y se negaron a mirar la gracia y el amor de Dios en Cristo. Hablaban de lo que había en su propio carácter, pues solo eso era lo que podían imaginar de Jesús. « ¿A qué vienes?» decían. « ¿Vienes a castigarnos antes del tiempo del juicio final?»

Era esa su comprensión de Dios. Pensaban del ¡Gran Castigador, Vengativo Supremo! Así se proyectaban, pues así eran estos que le hablaban a Jesús. No comprendían la gracia de Dios, pues la tenían en si, con la cual comparar las acciones de Jesús. Estaban limitados a su experiencia y perspectiva delante de la vida. Jesús no era así, pero les faltaba imaginación para entender quien y como era.

Contrario a lo que esperaban, Jesús liberó a los varones de los demonios y a la vez liberó a los demonios de sus expectativas de castigo y juicio inmediato. Jesús transformó la vida de los dos varones, tanto así que se pusieron ropas y fueron vestidos de sanidad mental y emocional. Pero no es allí que el relato termina. Dios rescató a estos dos prisioneros de los demonios, pero la gente que cuidaba a los cerdos aun estaba intimidada. Ya no era ninguna posesión demoníaca la que operaba en sus vidas. Era la percepción fallida de la presencia y actuación de Dios que los detuvo en su prisión.

Corrieron al pueblo para contar lo acontecido. Estaban asustados, en parte por la posibilidad de perder su empleo. Los dueños de los cerdos perdidos en el mar no estaban a gusto. La gente vino a encarar a Jesús. Ya no tenían preocupación por los varones liberados y regresados a la sociedad quienes ahora podrían cuidar a sus familias y contribuir a la sociedad. No podían ver el cambio de estos a los que habían rechazado antes. No veían a Jesús como bendición de Dios, Dios presente en gracia y amor rescatando a los perdidos. No comprendían el motivo de gozo que ya estaba presente. Solo veían su miedo frente a lo inesperado. Tenían temor frente a la pérdida económica, y consecuentemente no veían a la liberación que se extendía a todos.

No es tan diferente para nosotros. Nos enfocamos más en cuestiones de procedimientos que en cambios de vida. Sin intención, valorizamos más las cuestiones “prácticas” del vivir diario que el costo y valor personal de liberación de vidas. La presencia y acción de Jesús era motivo de regocijo, pero no lo veían. No pesaron los datos para averiguar el impacto que tendría Dios estar entre ellos por medio de Jesús. Su miedo e incertidumbre impedía demasiado lo que debió ser motivo de celebración. Cuando era tiempo de festejar, su miedo intervino. Perdieron la fiesta. Perdieron la alegría de ver la salvación de Dios interrumpiendo su cotidianidad con la creación de nuevas posibilidades. No miraban la alegría, pues tenían miedo a lo nuevo, miedo a que Dios destorciera su confort. En este lado de la historia, podemos celebrar la nueva vida y la oportunidad ofrecida a estos gadarenos. Pero cuando Dios llega a intervenir en nuestra comodidad, ¿estaremos listos para celebrar o buscaremos refugio en nuestro miedo?

—©2009 Chrístopher B. Harbin

Este sermón en pdf

This sermon in English


The Baptist Top 1000 Bible Top 1000