|
http://www.theotrek.org/
TheoTrek — A Journey with God in Discipleship | |
|
Unidos en el Amor de Cristo Colosenses 1:24-2:5 Rev. Chrístopher Harbin, Primera Iglesia Bautista de Huntersville, NC 13 de diciembre de 2009 Es una cosa simple reunirnos en torno a un árbol de navidad. Es sencillo tomarnos de las manos para cantar un himno navideño. Es algo de ligera importancia pasarnos un tiempo junto para asistir a una presentación especial de nuestros niños al final del año en la escuela o en la iglesia. Es sencillo hacer una fiesta en la cual nos intercambiamos regalos y disfrutamos de comidas especiales de la época. Puede que sea simplemente otra obligación estar presentes en una celebración navideña entre los empleados de la empresa. Es otra cosa realmente vivir unidos en un amor real. ¿Es posible que el amor de Cristo, expresado en su nacimiento hace unos 2000 años en Belén, nos pueda unir de una forma que marque una diferencia en nuestro vivir? Es este el tiempo en que pensamos en el nacimiento de Jesús y las celebraciones en su entorno. Pensamos en árboles, decoraciones, nieve, regalos, Santa Claus, renos y hasta un niño en el pesebre de Belén, pero no reflexionamos más afondo. Es bien posible que volvamos a contar la historia de la primera navidad. Es posible también que nuestra reflexión se ocupe en repetir aquellos acontecimientos sin pensar en nada mas. Deberíamos pensar en el hecho de que en la primera navidad vino Dios a estar entre nosotros. Vino Jesús con el pleno conocimiento de que llegaba para morir a consecuencia de nuestra respuesta violenta a su ofrenda de amor y gracia. Sí, reconocemos el escenario de amor en nuestros retratos de Belén, pero los mantenemos aislados del costo de tal llegada para Dios. Ya en el pesebre de Belén el amor de Dios caminaba hacia una cruz cruel con todo su rechazo, violencia y dolor. Plenamente consiente de lo que estaba por venir, nació Dios en demostración de su gran amor. Se ofreció a si mismo por nosotros. Se entregó a nuestros cuidados. La navidad es un retrato magnífico de amor. Vemos allí en el pesebre de Belén un niño recién nacido, tal como tantos otros que nos llaman a cuidarlos y tratarlos con cariño siendo tan indefensos. Acudimos a sus lloros y nos acercamos a mirarles sus sonrisas y su gusto por la vida con todas sus novedades. Quizás reflexionamos en el motivo de Dios en privarse de su posición y privilegio con el propósito de vivir entre gente como nosotros. Imaginamos como es que se puede dejar de lado tantas comodidades y poder, para estar presente con personas tal cual somos. Vino Jesús en medio de lo cotidiano de una gente humilde, sucia e ignorante—una gente se encontraría lista en pocos años a tirarlo hacia su muerte, clavándole a una cruz. En medio del contexto de un pueblo que lo rechazaría así, vino Jesús, nacido en la suciedad de un pesebre, en la humildad de un establo y en un contexto enmarcado de pobreza y violencia. Como dice Juan, vino a los suyos, y los suyos lo rechazaron. Pero así mismo vino para ofrecer su gran amor a cada uno de nosotros. A Pablo le tardó mucho tiempo en reconocer el amor de Dios en Jesucristo. Antes de aceptarlo, era uno de los violentos que lanzaba insultos y piedras a los creyentes quienes habían acudido a la propuesta de gracia y amor de Dios. Le fue necesario dejar atrás lo que antes era tan importante en su vida y tradición religiosa. Lo dejó por la razón de encontrar algo superior en el evangelio de Jesús—la gracia y el amor de Dios, que tanto superaban las tradiciones legalistas de su anterior conducta y patrón. Ya no eran sus esfuerzos de los cuales dependía, sino de las iniciativas de Dios. Su nueva vida era bien distinta a la antigua. En la otra vivía conforme a sus propios motivos y sentido de progresar en la vida. Aunque los definía como servicio a Dios, tomaba decisiones a partir de su propio consejo y según las normas de sus tradiciones. Conforme a tales acciones, esperaba que creciera su importancia frente a la de sus compatriotas y ganara la bendición de Dios como resultado de sus iniciativas. Sin embargo, viviendo por el evangelio, seguía un motivo diferente—buscaba lo mejor para los otros a un alto costo personal. Era ahora el amor de Cristo con su carácter de sacrificio el que le conducía y orientaba sus pasos. En medio de su sufrimiento, no veía tanto el dolor como la oportunidad de servir a los intereses de los gentíos—de llevar el amor de Cristo y la gracia de Dios ante todos los pueblos del mundo. Este fue el motivo original de la navidad. Esta fue la forma de actuar que Pablo había aprendido de la vida y del carácter de Jesucristo. Era el propósito que engendró la primera navidad, un propósito que existió desde antes de la creación del mundo. Fue en navidad que empezó a ser revelado, o más bien, que su revelación se dejo ver, aunque la gente aun no la apreciaba. Allí estaba el amor de Dios con el ofrecimiento de gracia, perdón y paz. La revelación se encontraba envuelta en pañales y acostado en un pesebre que olía a las bestias de su alrededor. La encarnación del amor divino debería vivir una vida sufrida y la aceptaba por cuestión del mismo amor que le trajo a nacer en medio de nosotros, el mismo amor que le llevaba hacia la cruz a morir por ofrecernos la reconciliación con Dios. Pablo dijo haber sido enviado por la voluntad de Dios para trabajar por el bien de la iglesia como un todo. Hacía mucho tiempo que la salvación por gracia era el plan divino, pero fue en Cristo que llego a ser claro este mensaje. Fue siempre el plan de Dios, por su eterno amor para con nosotros. Este plan incluía tanto el sufrimiento de Cristo, como el de siervos como Pablo que aceptaban padecer en defensa y promulgación del evangelio—también por cuestión del amor de Dios. Fue el amor divino lo que impulso a Dios a enviar a Cristo Jesús. Es también ese mismo amor el motivo que está detrás de nuestro desarrollo y discipulado—es la meta de nuestro caminar. Como dice Pablo, es en el amor de Dios revelado en Cristo que tenemos la razón para unirnos bajo su misión de reconciliar al mundo con Dios. El amor divino ya ha abierto todas las puertas para que pudiéramos llegar ante el Señor y Creador del mundo. Ya se han derribado las barreras entre nosotros y Dios—todas las barreras excepto una. La que falta es nuestra aceptación. Como en la primera navidad, surgía la interrogante de cómo se aceptaría al niño Jesús, hoy también. A nosotros también se coloca opciones referentes a que haremos con Jesús. Pablo por años lo había rechazado tal cual las multitudes lo hicieron bajo la instigación de los sacerdotes y líderes religiosos ante Poncio Pilato. Había perseguido a la iglesia en su juventud. Ahora con el llamado de Cristo, reconocía que el amor de Dios por su gracia revelada en Cristo era suficiente no solo para cubrir sus fallas, sino también para darle ánimo y propósito más allá del sufrimiento que recibía de aquellos que actuaban como antes él mismo lo había hecho. Era ahora motivo de alegría sufrir por los demás, ya que era por el amor revelado en Cristo que se unía a motivos mayores que los de su pasado. Luchaba para que los cristianos estuvieran unidos en el amor de Cristo—que siguieran confiando plenamente en el amor de Dios revelado por Cristo en su nacimiento, así como en su muerte dolorosa. Muchas de nuestras canciones navideña hablan de una serenidad inexistente en aquella noche de hace tanto tiempo. Fue una noche común, llena de sus angustias, dolores y falta de un local propio para un nacimiento. Pero aún era una noche de paz, pues en medio de aquellas vidas sufridas, el amor de Dios se hizo carne, llamándonos a todos a vivir unidos en su gracia y amor. —©2009 Chrístopher B. Harbin | |
|
| |