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TheoTrek — A Journey with God in Discipleship | |
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Fuente de Paz Mateo 8:18-27 Rev. Chrístopher Harbin, Primera Iglesia Bautista de Huntersville, NC 06 de diciembre de 2009 "Oren por la paz mundial." Sí, lo he escuchado una vez y mil. Se ha tornado en algo repetitivo, pero no existe la decisión, el deseo de actuar, para lograrla. Cuando pensamos en paz, lo reflexionamos en sentido de lo opuesto a la guerra. La paz, conforme definimos, es la ausencia de conflicto. Decimos la paz es vivir sin las presiones violentas que nos cambiarían el rumbo—la resolución de las tormentas y ansiedades de nuestro vivir. Lo que no percibimos, quizás, es que tal definición exige que la paz no exista, por la conocer simplemente como la ausencia de conflicto, turbulencia y ansiedad. Nuestras definiciones simples en ninguna manera dan una identidad propia a la paz. Pero sin embargo, en Cristo, la paz tiene una identidad y existencia propia. La paz es algo real, mucho más que la simple ausencia de conflicto. La cuestión es, ¿de dónde viene tal realidad que tanto decimos anhelar, mismo sin lo saber definir o comprender? Los que llegaban ante Jesús aun estaban enfocados en sus circunstancias vividas. Estaban en medio a dos mundos, pero no comprendían que el mensaje de Jesús los llamaba a una realidad completamente distinta a la que estaban acostumbrados. Escuchaban las palabras de Jesús y quedaban a gusto con su mensaje. Pero a la vez, se preocupaban con las cuestiones de su cotidiano. Querían la seguridad de un techo, priorizaban sus lazos familiares, buscaban la paz de Dios mientras sus vidas giraban en torno a sus prioridad y sus preocupaciones, las cuales los alejaban de la paz divina. Era necesario que cambiaran a ser nuevas criaturas en Dios, pero solo querían una pincelada de tinta en las paredes de sus vidas. El maestro de la ley reconocía algo distinto en Jesús, pero quería que se quedara dentro de sus formulismos y rituales. Quería adaptar el mensaje de Jesús a sus rutinas y forma de vivir. Quería algunos cambios para variar el visual, pero que no fueran muy drásticos. Jesús le respondió de tal forma que reconociera el hecho de que era esclavo de su estilo de vida de y las demás cosas que le daban seguridad. Él no podía ese comprender que el enlace que lo ataba a sus tradiciones y rutinas contrariaba a la paz del evangelio que Jesús predicaba. Quería la bendición de una paz delante de Dios, pero no estaba listo para aceptarla según los parámetros y moldes divinos. Era necesaria una transformación de su todo para que la paz de Dios pudiera mudar a su ser desde adentro. Otro discípulo quería la paz con Dios, pero que tal no contrariara las relaciones, dependencias y expectativas de sus parentescos. Quiso que Dios colocara el evangelio en pausa mientras se enredaba más en las expectativas de su familia. Eso no sería la paz de Dios, sino que su propia paz viniera a ser adoptada por Jesús como bendición divina—paz en su estilo humano. Quiso las bendiciones de la paz, pero no sus procedimientos ni su carácter de vivencia diaria. Era como se quisiera tener un coche, pero sin ponerle gasolina, sin cuidar la manutención y sin obedecer las leyes del tránsito. De esa forma no nos sirve un coche. Lo tenemos que mantener y utilizar según la forma apropiada de su utilización. Así es con la paz de Dios. Ella radica en nosotros y nos guía a un cambio de enfoque hacia la realidad muy por encima de su existencia. Ella no mira a las circunstancias, como hacemos comúnmente, sino que nos lleva a otra realidad, bien sea, interior o espiritual. Mientras nosotros miramos a situaciones dificultosos, problemas en potencial y lo que llamamos de crisis, la paz tiene otro enfoque. Ve al carácter de Dios con sus motivos de amor, gracia y bendición. Con una visión totalmente diferente, sigue confiada en medio las circunstancias que tanto procuramos evitar. Jesús entró a su barca con los discípulos. Entraron a sus rutinas, pues buen parte eran pescadores y acostumbrados a la vida sobre las olas. En medio a su comodidad, levantaran vela y seguían su camino normal, trasladando Jesús sobre las aguas. Todo estaba bien. Había estado con Jesús mientras enseñaba a la gente. Habían escuchado mientras decía a unos que no le servían de discípulos. Andaban contentos por ser ellos los escogidos, aun entre gente más capacitada. Seguros, consientes de su posición especial, reflexionaban en las palabras de Jesús mientras sus manos hacían su labor de siempre. Empezó a levantarse un viento. No había problema, ya que a eso estaban bien acostumbrados. Jesús se había acostado a dormir y las olas simplemente les dieron un desafío y algo que hacer. A medida de que el viento crecía y las olas aumentaban, sus energías y fuerzas se enfocaban más aun en la tarea a la mano. Hacían de todo conforme sus normas de acción en una tempestad. Sus esfuerzos no llegaban a la medida de la tempestad. La frustración y ansiedad empezaron a llenar sus pensamientos. Miraron a Jesús durmiendo en medio del alborozo. Empezaron a cuestionar porque no se despertaba a darles una mano. Había mucho que hacer para proteger el barco con sus vidas. Jesús no les parecía dar importancia al momento crítico que vivían. Fueron a despertarlo. Quien sabe si tal vez querían otra mano ayudando con las sogas, velas y timón. Quien sabe se esperaban que orara o que se arrojara como Jonás desde el barco de Jope. Quien sabe lo que pensaban que pasaría al despertar a Jesús. De hecho, más que nada querían estar seguros de Jesús estuviera despierto y consiente de lo que les pasaba. Lo que no esperaban era exactamente como Jesús se reaccionó a sus gritos y a la tempestad. De inicio, no hizo nada referente a la tormenta. Los miraba a ellos, a sus discípulos, no a las circunstancias, los vientos o las olas. Miraba la angustia en sus rostros y el miedo en sus corazones. Aun más afondo miraba, también. Miraba a su falta de fe—su falta de confianza en Dios. Eso fue lo que le llamó la atención, como se las olas invadiendo la barca y los vientos que la azotaban no importaran en lo más mínimo. «¿Por qué están tan asustados?» fueron sus primeras palabras. ¡No respetó su miedo frente a la incertidumbre y el desastre en medio del cual se encontraban! Eso no parecía importarle para nada. Se ocupaba con una cuestión completamente otra. «¡Qué poco confían ustedes en Dios!» Vino el peligro y los discípulos miraban al su rededor. Vino el peligro y Jesús miraba a Dios. Era su confianza la que valía. De ella vino la paz que les faltaba a sus discípulos. Su paz era algo que Dios creaba en medio del caos de la tormenta. Esta paz ya estaba presente en medio de la tempestad, pero los discípulos no la veían por faltarles la fe depositada en Dios. Se les fue necesario que Jesús ordenara al viento y olas que cesaran para que pudieran mirar a la paz divina. Cuando Jesús cambió los vientos en una bonanza, empezaron a cuestionar la identidad de Jesús. Lo habían seguido, pero aun no habían reconocido su identidad real. Así nos pasa mayormente a nosotros. Decimos creer y confiar en Jesucristo. Decimos tener fe en él como Señor y Salvador. Tal fe no tiene importancia, hasta que cambia la mira de nuestra atención. Transforma-se en paz en medio de las dificultades cuando elevamos nuestra atención de las circunstancias hacía él, que es el Señor de las circunstancias. La paz real tiene poco que ver con las situaciones difíciles. Tiene todo que ver con la fe en Cristo, quien dio su vida para que viviéramos en una nueva confianza en Dios. ¿Estamos listos a cambiar la mira desde las olas hacia Él que es la fuente de la paz? —©2009 Chrístopher B. Harbin | |
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