Esperanza a Cambio

Isaías 3:18-4:6; Mateo 8:5-17; Efesios 4:17-32

Rev. Chrístopher Harbin, Primera Iglesia Bautista de Huntersville, NC

29 de noviembre de 2009

Adviento es un período del calendario eclesiástico, en lo cual celebramos nuestra anticipación ante la llegada de Jesucristo. Tomamos un tiempo para pausar en nuestras celebraciones y anticipar la llegada de Cristo en la navidad, pero también su llegada en gloria. Demasiadas veces, olvidamos del adviento y corremos a celebrar la navidad, sin dar la debida importancia al sentido y motivo de nuestro festejo. Sin reflexionar bien en la razón de la celebración, quedamos no más en la fiesta y regocijo, dejando de lado una comprensión válida de su sentido—lo que nos trajo el hecho de Dios llegar a la tierra y que viene Jesús otra vez en gloria para cada uno que le acepte en fe.

Tenemos muchas esperanzas y expectaciones. A veces esperamos lo que nos haría provecho. A veces nuestras esperanzas son mal puestas, ya que soluciones adecuadas vienen de otra forma y fuente. Las expectaciones mesiánicas de la gente hebrea eran así. Tenían un concepto definido referente a que y como Dios los rescataría de sus dificultades. Lo difícil para ellos era esperar por la solución de Dios, comprendiendo que la voluntad y forma de Dios superaba a sus expectativas específicas.

Las palabras de Isaías eran de conforto, pero no el tipo de conforto que la gente anhelaba. Sentimos conforto, a final, al reconocer a nuestra vuelta lo que esperamos ver. El mensaje de Isaías vino a contrariar lo que la gente esperaba y anhelaba ver pasar. Querían oír otro mensaje. Conforto sería para ellos una palabra de restauración de poder a Israel. Sería una resolución política a sus ansiedades. No era esa la palabra de Isaías, entretanto. Isaías predicaba una palabra conflictivo, que a la vez debería de traer conforto por el saber que Yahvé estaba por detrás de la circunstancias que pasaba el pueblo. Había razón para descansar en el reconocimiento de la presencia y acción divina. El problema era que la gente no estaba a gusto con ese mensaje.

La gente tenía esperanzas de una resolución que trajera bendición material y económica. Sus esperanzas fijaban-se en las circunstancias físicas, mientras las preocupaciones mayores de Yahvé eran otras. Mientras sus esperanzas eran materiales, las de Yahvé eran relacionales. Dios preocupaba-se también con que sus necesidades físicas fueran atendidas. Junto con eso, entretanto, quiso crear una nueva dependencia en Dios, y no en un poder político o militar. Llamaba la nación a regresar a un reconocimiento de que no era el rey o la plata que les extendía conforto, protección, vida, o beneficios materiales. Su vida dependía de Dios. Sus esperanzas deberían a la vez quedaren puestas en Dios y no en las condiciones políticas o económicas de su sociedad y nación.

Para llegar a eso, la nación debería de pasar una crisis económica, política y militar. Iban a perder todo hasta que Dios les regresara a su tierra y a su camino político-económico. En esa ocasión deberían de haber aprendido a vivir bajo su dependencia en Dios. Las circunstancias de la vida ya no serían la base para su conforto y confianza. Su relación con Yahvé tomaría el lugar de ser su motivo de paz, conforto y esperanza real. Esa esperanza pasaría de sus expectaciones a aceptar las intenciones y prioridades de Dios.

No era esa la forma de esperanza habitual de la gente. Era parte de la transformación que Dios planeaba trabajar en la nación como un todo. Regresaría otra vez a la cuestión de la presencia palpable de Dios en su medio. Isaías recordaba las figuras de la llama de fuego por noche y la nube de protección al día. Eran elementos de la presencia protectora de Yahvé mientras los hebreos vagaban entre Egipto y la tierra prometida. Eran símbolos visibles de la presencia de Dios. Retrataba a Dios en su medio de forma palpable. Esa era la esperanza real. Esa era lo motivo de transformación para sus vidas.

Ese futuro por llegar no enfocaría en las cuestiones políticas, tanto como en las espirituales. El pueblo de Israel por general no percibía la diferencia en las palabras de Isaías. No conseguían ver la provisión y presencia de Yahvé a aparte de una restauración política. Para ellos no se podía tener la una sin la otra. Esperaba-se que la bendición de Dios era política, militar y material. De cierta forma, no se comprendía una distinción de la bendición espiritual y la física. Aun no había un concepto elaborado con referencia a la eternidad como la trabajamos. Limitaban-se a cuestiones de este mundo en su reflexión teológica. De hecho podemos aprender algo de esa limitación, desde que aceptemos la diferenciación en el mensaje de Isaías.

Sí, el evangelio que predicamos tiene a ver con nuestra eternidad con Dios. A la vez, su mensaje gira en torno de nuestra vida diaria. La eternidad con Cristo no empieza a partir de nuestra muerte y las cuestiones geográficas de nuestra eternidad (sea de cielo o infierno, como decimos). La eternidad con Cristo empieza aquí y hoy. Es en el ahora que empezamos a disfrutar la esperanza que predijo Isaías—Dios presente en nuestro medio, palpable tal cual en la nube y el fuego de hace tantos siglos. No erramos en hablar de la eternidad en el cielo o infierno, pero comúnmente perdemos de vista que el vivir presente con Dios empieza ya. Sí, hay un motivo de se esperar un aspecto más trabajado de esa realidad al otro lado de la nuestra muerte física. Mismo así, es en el momento que empezamos a vivir la realización de esa esperanza a la medida que la dejamos transformar nuestras vidas hoy y ahora.

Isaías hablaba del hecho de que Dios cambiaría a su pueblo, haciéndolo santo. Era esa la razón inicial de la elección del pueblo y su comisión al encontrarse con Dios en el monte Sinaí. Deberían de ser una gente diferente—distinta de las demás naciones. Su comportamiento, carácter y relaciones serían santos, reflejando a la identidad y carácter de su creador y Dios.

Con ese motivo escribió Pablo a los creyentes en Éfeso, de que sus vidas deberían distinguir-se de las formas de vivir a su alrededor. Deberían actuar de formas divergentes de la corrupción de los pueblos que no buscaban seguir a los parámetros de Jesucristo. Deberían buscar no a su conforto y intereses egoístas, pero a vivir según el carácter de Dios que en Cristo se dio en sacrificio por los demás. Mientras los al su rededor entregaban-se a sus vicios, el vicio del cristiano sería amor al prójimo. Mientras la gente seguía sus indecencias, mentiras y motivos egoístas, el pueblo de Dios debería vivir por el padrón de Jesús, quien aceptaba como su nuevo Señor.

La esperanza real tanto predicha por Isaías, predicado por Pablo y ejemplificado por Jesús requiere ese tipo de transformación. Es una santificación que cambia nuestro modo de actuar, revelando que Dios vive en y por medio de nosotros. La esperanza real viene a cambio, tomando nuestras ansiedades para substituirlos con una confianza en la presencia de Dios. Cambia nuestro enfoque el lo físico y material al relacional y eterno. Cambia nuestra disposición de buscar bendiciones para nosotros mismos a mirar las necesidades de otros y ser conducto de la provisión de Dios.

Jesucristo vino a demostrar esa calidad de transformación. La esperanza que daba a la gente los transformaba. ¿No es tiempo ya para dejar que él nos cambia radicalmente a nosotros? Esa transformación es lo que realmente importa y nos da una esperanza real a cambio de nuestras ansiedades.

—©2009 Chrístopher B. Harbin

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