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Viviendo de Fe y Gratitud Deuteronomio 1:19-33; Mateo 6:1-15; Efesios 2:1-10 Rev. Chrístopher Harbin, Primera Iglesia Bautista de Huntersville, NC 22 de noviembre de 2009 Esta semana celebramos el día de acción de gracias. Separamos un tiempo para ayudarnos a recordar de dar gracias por las bendiciones de la vida y la provisión de nuestras necesidades. El resto del año pasamos enfocados en lo que nosotros podemos hacer para ganar la vida y adelantarnos en la carera de avanzar frente a las masas. Un desvío de nuestro enfoque egoísta nos hace bien, pero quizás nos sea necesario más que apartar un día de acción de gracias. Quizás necesitamos un cambio un tanto más drástico. ¿Podemos aprender a vivir conforme fe y el dar gracias día tras día? La gente había sufrido en los cuarenta años de peregrinaje. Habían escapado del Egipto e la vida de esclavitud, pero a ciertos costos no insignificantes. Habían dejado sus casas, sus rutinas de trabajo y sentido de valor personal. Habían experimentado una nueva existencia en que no tenían por cierto como sobrevivirían. Las incertidumbres de pueblo vagante, la búsqueda constante por agua para tantas bocas y animales, la ansiedad de encontrar comida en una tierra semiárida los desgastaba. Dios había provisto por sus necesidades físicas, pero aun era difícil confiar en quien no se ve a que le provee por uno. En medio a su jornada, hubo luchas y pleitos considerables con otras gentes por cuyas tierras pasaron o querían pasar. Como pueblo recién liberado de esclavitud, sentían-se disgustosos a emprender guerra contra gentes arraigadas en sus propias tierras. Sin los implementos normales de guerra, buscaron protegerse en contra de enemigos acostumbrados a pelear por derechos a tierras. Llegaron a la tierra prometida, que aun quedaba bajo el control de los amorreos. Les falló la voluntad de entrar a la tierra y confiar ante la provisión y promesa de Yahvé. Les faltó ánimo de reconocer a la mano de Yahvé guiándolos por el camino, ofreciendo protección, comida, agua y todo lo demás que carecían. Es una cosa mirar al pasado con sus problemas, turbulencias y resoluciones. Es otra cosa mirar hacia un problema del momento inmediato—un conflicto para el cual aun no vemos la solución. Es en ese punto que la cuestión de fe llega a un momento decisivo. En los momentos de crisis en la vida, ¿adónde colocaremos nuestra mira y atención? Los grandes problemas de la vida tienen todos algo en común. Quedan todos en el pasado a no ser uno. El chiste es que es siempre el problema del momento que se nos vislumbra como el problema mayor de todos. Se parece mayor de todos no por genuinamente mayor, pero por ser la crisis del momento. Los demás ya han caminado a su conclusión. Ya se los hemos enfrentado, tomando las decisiones y enfrentando los resultados de su tiempo. La cuestión por nuestra frente es otro asunto, pues que aun tenemos opciones en nuestro trato con la dificultad de hoy. Su singularidad es el hecho de que vivimos en el tiempo de posicionarnos frente a las opciones en nuestro camino, o mismo a la falta de opciones en nuestra espera de que se nos vendrá. Lo esencial de nuestra respuesta gira en torno de donde colocaremos nuestra atención. Cuando la colocamos en nosotros mismos, miramos a nuestra falta de potencial, recursos y habilidades a tratar con el desconocido. No son problemas cuando son menores que nosotros. Las dificultades que llamamos de problemas son las cuestiones donde nos falta el poder de contener la crisis y manipular los resultados. Se nuestra atención en medio de los problemas gira en torno de nosotros mismos, la única conclusión lógica es de se esperar mucha angustia por el camino. Alzando los ojos en otra dirección, entretanto, tenemos una salida de confianza y paz. Moisés hablaba con la gente a la final de su ministerio entre ellos. Recontaba los desastres, las victorias, las dificultades y la falta de fe que tenía la gente para con Yahvé. Mismo mirando hacia atrás, no conseguían ver la mano de Dios protegiéndolos por el curso de su peregrinaje. Se les faltaba fe y confianza, pues tenían los ojos fijos en su propia condición. Necesitaban cambiar el foco de su atención. Para eso, Moisés les indicaba que se recordaran de su histórico con Dios. Vez tras vez se les faltó atender a la orientación de Dios. Día tras día, olvidaban de la fidelidad de Yahvé en el curso de su trayecto desde el Egipto hacia la libertad de una nueva vida. Eran el pueblo de Dios, pero no era esa su forma de acción. No vivían en una confianza en Dios. Vivían enfocados en sus problemas, enmarados en sus conflictos y desesperos. «¡Ay de mi! ¡Ay de mi!» era su mantra del día a día. Buscaban a Dios no más en su desesperación, pero no a partir de una vida confiada en su provisión, amor y gracia. Aun no habían aprendido a confiar y descansar en Yahvé. Dios era algo lejos de su experiencia de vida diaria. Sentían-se distantes de Dios y Dios lejos de sus anhelos y preocupaciones. Se les faltaba un cambio de enfoque, un mirar hacia la identidad y el carácter del Dios que decían adorar y servir. No era esa no más la condición de esa gente vagando cuarenta años en el desierto. También era norma en los días de Jesucristo. Por toda la historia de los hebreos, el pueblo de Dios ha sufrido por lo mismo. Con la llegada de Jesús, muy poco ha cambiado. Aun hoy nos quedamos enmarados en las dificultades de la vida, sin mirar lo suficiente a Dios por su provisión, salida y liderazgo en nuestras vidas. Actuamos como se Dios no quisiera ayudarnos a vivir y disfrutar de la vida. Dejamos que nuestra ansiedad controle demasiado de nuestra atención sin la fe y gratitud para mirar hacia Dios en reconocimiento de que tiene una solución para nuestras vidas. A los efesios, Pablo hablaba de que la vida en Cristo no dependía de las acciones de uno. No entramos a la vida de fe por medio de nuestros méritos y hechos de valor. La vida en Cristo es por medio de la fe—la confianza en la provisión de Dios. No es por obras que heredamos la vida de las eternidades, ni es por obras que la mantenemos. Es todo por gracia. Lógico, esta vida de las eternidades es otra calidad de existencia. Ella tiene otra calidad de foco. Ella nos lleva a participar de otro tipo de vida y otra calidad de acción. A la vez, tales acciones son fruto de la nueva vida, no el medio de llegar a ella, ni de merecer la misma. Esta vida tiene otro foco. En cambio de enfocar nuestras vidas, necesidades, preocupaciones y ansiedades, pasamos a encontrar un nuevo foco en la vida y relación con Dios. La fe y la acción de gracias giran en torno de una nueva existencia de confianza. Ya no es necesario un mirar constante al contexto de nuestras preocupaciones y condiciones, pues pasamos en enfoque de nuestras vidas a la acción y carácter de Dios. Confiados en su provisión, podemos vivir en libertad de las preocupaciones de antes. Podemos experimentar un nuevo vivir confiado en la presencia del eterno. ¿Qué haremos con nuestras acciones de gracias? No hay porque dejarlas de lado, pero hay razón para dejar que entren más afondo en nuestras vidas. Hay razón para pasarnos de tomar tiempo para fe y gratitud para vivir de acuerdo con un nuevo padrón de existencia. Ya en el día de Moisés era tiempo para que el pueblo empezara a vivir en fe y gratitud. ¿Necesitamos nosotros hacer lo mismo? De otra forma, tomamos apenas un descanso corto de nuestra ansiedad para regresar a una vida preocupada, mientras Dios nos invita a vivir una vida de confianza que brota una gratitud constante desde su interior. —©2009 Chrístopher B. Harbin | |
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