Forma y Esencia

1 Samuel 2:1-10; Juan 4:19-30; Gálatas 3:1-14

Rev. Chrístopher Harbin, Primera Iglesia Bautista de Huntersville, NC

15 de noviembre de 2009

¡Cuantas veces escuchamos mensajes de que nuestra fuerza, riqueza, iniciativa e inteligencia son las cosas que nos llevan adelante en la vida! El mundo que nos rodea es muy insistente en enfocar el yo sobre todo lo demás. Se dice que es a nuestro propio modo que debemos de llevar la vida. Nos dicen que nuestros deseos, planes y sueños son de suprema importancia en la vida. La decisión personal es la decisión que se dice importante. La libertad de escoger nuestro propio camino es el trayecto largo de la sociedad, casi sin restricción. Muchas veces traemos el mismo concepto al servicio de culto y nuestras actividades religiosas. Sin darnos cuenta confundimos a menudo las formas de culto con la esencia de prestar culto y adoración a Dios. ¿Cómo distinguimos entre las formas y la esencia en las cuestiones religiosas?

La oración de Ana en 1ª Samuel es ejemplar de muchas maneras. Ella había experimentado una época muy difícil en su vida. Estaba casada por años, pero no tenía hijos. Su esposo tenía a la vez otra esposa, conforme a la costumbre de su época. Esa otra esposa había concebido y tenía hijos para presentar ante su esposo. Hasta allí, todo bien, aunque le doliera a Ana que no tenía un hijo propio. El chiste era que la otra esposa, Peniná, la ridiculizaba por tener el vientre estéril. Se ponía a reír de Ana y a burlarse de ella. La insultaba y le reprochaba. Hacía difícil su vida por cuestión de los celos que tenía para con el marido de ambas. El mayor problema entre las dos era que su marido amaba más a Ana que a Peniná, y esta buscaba oportunidad para hacer sentir mal a Ana.

Ya era difícil para una mujer vivir sin poder tener hijos. La situación con Peniná, entretanto, le gastaba a Ana sus energías y la debilitaba emocionalmente aun más que lo normal. Su esposo trataba de animarla y afirmar su amor por Ana, pero sus palabras caían al vacío de su depresión. Ana aceptaba sus palabras, pero no tenían el efecto de poder animarla. Se encontraba envuelta en el conflicto con la otra esposa y el reconocimiento de que a los ojos de la sociedad había algún aspecto de inferioridad en su vida por faltarle hijos.

Venía Ana con su esposo y Peniná de rutina a Siló cada año para ofertar a Yahvé, prestando culto en el tabernáculo de Dios. Embargada en sus dificultades y problemas, Ana solo pensaba en sus preocupaciones al llegar a la tienda de Dios. En su desespero, llegó a orar a Dios por una solución con la promesa de que si Dios le diera un hijo se lo ofertaría de regreso a Dios para que le sirviera en el tabernáculo por toda su vida. Era una promesa un tanto desesperada, pero a la vez marcaba un cambio en su posición ante Dios. Marcaba el inicio de un cambio de enfoque en si misma a un enfoque en Dios.

Quizás no se ve tal cambio de inicio, pero Ana ahora estaba lista para tener un hijo sin tenerlo en su control y proximidad. Estaba lista para que Dios resolviera su falta de un hijo, aunque no pudiera tenerlo consigo. Entregaba lo más valioso que aun no tenía, en las manos de Dios, reconociendo que de cualquier forma todo dependía de Dios. Es en su oración de regocijo que mejor apreciamos este cambio.

Naciendo su hijo, lo nombró Samuel en reconocimiento de que se lo había pedido a Dios. Cuando lo había destetado, vino otra vez a Siló, pero ahora no como de rutina. Vino a ofertar a Dios en gratitud por la fidelidad de Dios y en reconocimiento de que Dios había sido fiel en responder a su petición de darle un hijo. Vino a entregar el niño ya dedicado a Dios, para que le sirviera por toda su vida, así como ella había prometido desde antes. En este viaje a Siló, su motivo central de prestar culto a Dios no tenía enfoque en Ana. El centro de su adoración era el carácter, acción e identidad de Dios.

Esto puede verse en las palabras y sentido de su oración. En ella no miraba su condición, tanto que expresaba la singularidad de Dios arriba de la condición humana. Apreciaba que Dios superaba la situación que antes le era tan importante, como superaba la situación de todos. Reconocía el hecho de que lo que antes era la suprema prioridad en su vida ahora era un evento mínimo en las manos de Dios. Dios había cambiado a Ana al introducir su presencia en la vida de ella. El culto que Ana ahora le prestaba a Dios ya no se resumía a sus necesidades, sino en exaltar el carácter y acción de Dios.

Aunque había sentido dolor en las manos de Peniná y las expectaciones de su gente, ahora todo el dolor se disipaba. Reconocía que Dios estaba por encima de todo eso y que la vida no se definía por tales clasificaciones. Podría llegar a la presencia de Dios en adoración plena, sin los obstáculos de todas sus preocupaciones anteriores. Enfocada en Dios, tenía otra apreciación de la vida, aun con todos sus problemas. Nada cambió de la forma de su culto. Había cambiado su esencia interior. Su culto era diferente, pues ella ahora venía a prestar culto diferente.

Su traje era igual al de siempre. Las ofrendas que traía no habían cambiado en mucho. La música que se cantaba tampoco era distinta. Las liturgias, acciones y formato de aproximación al tabernáculo y santuario de Dios eran lo tradicional. Al llegar para alabar a Dios, entretanto, sus motivaciones y actitudes habían sido revueltas. Venía en gratitud, no enfocada en sus bendiciones, pero si en la grandeza de Dios y su poder para alterar las condiciones de la vida que nos parecen imposibles.

Todo lo que su sociedad decía de la iniciativa humana, el esfuerzo humano y las formas humanas que tenemos para manipular a la vida se quedó inútil y vacío. Ana había reconocido el hecho de que las variables de la vida dependían de Dios y no tanto de las consideraciones humanas. De tal posición, pudo venir para adorar a Dios sin la intervención de tantas preocupaciones y presuposiciones humanos. Llegaba a Siló enfocada no en sus particularidades y ansiedades. Llegaba enfocada al carácter y acción de Dios. Era eso lo que cambió en su prestación de culto de un enfoque en formas y formularios hacia una esencia que enfocara a Dios.

Los creyentes de Galacia tenían la cuestión de forma y esencia mezclada. Habían llegado a Dios mediante su gracia, pero querían vivir su fe mediante rituales y fórmulas legislativas provenientes de otra fuente. Pablo tenía que llamarles de regreso a la esencia de la gracia de Dios por lo cual habían llegado a la relación con Dios mediante la fe. Al mezclar su enfoque en formas religiosas, perdían de vista el cambio interior de Ana que enfocaba la esencia del carácter y las preocupaciones de Dios. Miraban más a su herencia y sus tradiciones que al Dios que supuestamente llegaban a adorar. Cuando enfocaban en todo aspecto de fórmulas, rituales, tradiciones y procedimientos, perdían de vista a Dios y su identidad revelada en Jesucristo.

Hoy día tenemos el mismo problema. Es tan fácil mirar no a Dios cuando nos reunimos a adorar, pero si a nuestros motivos diversos. Enfocando las formas y fórmulas de adorar a Dios, no reconocemos que dejamos a Dios de lado. Las tradiciones musicales han cambiado drásticamente por los siglos, como a su vez las vestimentas, liturgias y traducciones de la Biblia. Como experimentó Ana, entretanto, lo esencial es llegar ante la presencia de Dios conforme a su identidad. Él es la esencia del culto real.

—©2009 Christopher B. Harbin

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