Le Faltó Control

Rut 3:1-5; 4:13-22; Mateo 5:33-37; Gálatas 2:1-10

Rev. Chrístopher Harbin, Primera Iglesia Bautista de Huntersville, NC

08 de enero de 2009

Gran parte de los conflictos entre personas, grupos, pueblos y naciones tiene a ver con la cuestión singular de control. Las razones por las cuales el control nos es importante son variadas. Podríamos gastar horas enumerándolas. Quizás en su raíz nuestra manía de control es cuestión de una falta de confianza. Pensamos que los demás se nos quitarán algo, impedirán la realización de nuestras metas y objetivos, o que de alguna otra forma la vida no nos rendirá los beneficios que tanto priorizamos. En gran parte es una cuestión de no confiar en el otro. Buscamos control para nuestra protección. Así mismo, la idea de que podemos ejercer control sobre nuestras vidas a veces aparenta ser una mera ilusión. ¿Es posible vivir una vida llena sin la necesidad de estar buscando control de una y otra fuente sobre los vientos variables de la vida?

Rut no sabía donde ni como su vida se desarrollaría en consecuencia de su decisión de seguir a Noemí en fidelidad. Había juntado su vida con la de su suegra, pero no tenía idea de cuál sería su futuro. Al insistir en mantener ese compromiso, dejaba de lado el control sobre su vida, su futuro, sus opciones y sus posibilidades. Dejaba que Noemí hiciera las decisiones importantes. A ella le tocaría servir, ayudar y acompañar según la indicación de Noemí. Estaba prestes a emprender una jornada a una nueva tierra—a una nueva vida entre gente con costumbres que desconocía. Decidida, echó de lado la libertad de dirigir su vida. Depositó todo en las manos de su suegra.

Tal decisión puede ser un tanto difícil y llenarnos de miedo, ¿nó? No sabemos se a Rut esa decisión le trajo noches sin dormir. No sabemos definir el nivel de sus preocupaciones en este lado de su declaración de adherirse a Noemí. Muchas veces llegamos a pensar, reflexionar y repensar nuestras decisiones ya hechas, especialmente las más importantes. Bien puede ser que las cuestionamos más después de tomadas que de antes. Cuestionamos las decisiones tomadas, evaluando una y otra vez si hicimos o no la mejor decisión. Es sencillo quedarnos presos en tales preocupaciones pasadas. Son una gran trampa para nuestras vidas, robando la bendición de vivir en el presente, descansando y regocijando en las bendiciones de Dios. Como me dijo un amigo sabio en cierta ocasión: «Ya hiciste esa decisión. Sigue adelante hacia la prójima.»

La decisión de Rut fue la de un inicio que destacaría su vida. Marcó una diferencia entre su vida anterior y lo que habría de venir. No era apenas la cuestión de una determinación de no regresar a la casa de sus padres. Era a la vez la cuestión de colocarse a la misericordia de la gente de una nación que no era la suya. Era la cuestión de depender de alguien de recursos mínimos en una tierra donde Rut no tendría forma de reivindicar derechos y protecciones para si misma. Embarcaba al desconocido—a un contexto en lo cual lo mínimo de control que tenía en su tierra desaparecería. Convertiría-se en alguien aun más dependiente de lo que ya era.

Se la pierda de su marido y suegro eran de causar preocupación, lanzarse a los cuidados de su suegra debería de ser peor. Colocaba-se en situación precaria—en una situación en lo cual tendría que depender aun más en otra y ceder una parcela aun mayor de control sobre su vida.

De cierta forma, era natural para una mujer de su día ceder control. Ella era vista como propiedad o de su padre, de su hermano o de su esposo. Llegando a depender de un hijo, también sería de cierta forma propiedad también de él. En cierto aspecto, ese contexto socio-cultural hacía la decisión más sencillo—aproximaba-se más a la realidad cotidiana de la mujer. Por otro lado, no era nada confortante ceder lo poquito de control que se tenía.

Emprendieron viaje a Israel y hacia una nueva vida. Llegando allá, la falta de control se le hacía más aguda. Como otro que viaja a un país lejano depende de la gente que lo rodea, Rut quedaba aislada en su nueva tierra, a no ser por su conexión a Noemí. El idioma era semejante, por lo menos. Los modos eran semejantes hasta cierto punto, pero las prácticas religiosas marcaban una gran distinción, aplicable hasta a las comidas y la forma de prepararlas.

Era una vida difícil para Rut. Seguía tras los cosechadores para recoger lo que dejaban por detrás. Así hacían quienes no tenían trabajo o tierras, para que pudieran sobrevivir del poco que se dejaba en el campo. Era la vida de mendigos, viudas y los demás dejados a la margen de la sociedad. Mientras era época de cosecha, se le iba bien lo suficiente. No se moriría de hambre, por lo menos. A la vez, no se ganaba más que las migajas que se podría encontrar en los campos.

Rut pasaba el día al sol con los demás trabajadores en el campo. La diferencia era de que no contaba con el agua que se proveía a los trabajadores, ni la comida al medio día. Tampoco tenía la protección de ser siervo del patrón del terreno. Estaba a la misericordia de los que la rodeaban. Tenía derecho de andar después de los trabajadores en la cosecha, pero eso no quería decir que la dejarían en paz. Común era que alguien molestara a quienes venía segando por detrás de los trabajadores pagos. Una mujer solita era presa fácil para abusos, aún más una extranjera.

En el caso de Rut, todo cambió al estar trabajando en los campos de Booz. Este era familiar a su fallecido suegro y supo del trato de Rut con Noemí. No era algo esperado, pero Rut recibió un cierto reconocimiento que le provino por sus propias necesidades, también. No es que todo de bueno siempre cae para todos que son fieles. Es que Dios opera para suplir nuestras necesidades mientras nos llama a entregarle el control de nuestras vidas. Lo difícil es confiar que en medio las incertidumbres del desconocido Dios puede e nos será fiel.

Pablo encontró conflicto en la iglesia referente a la cuestión de control sobre otros. En su caso era referente a la circuncisión y las leyes rituales judaicas. Muchos sentían conforto en su forma cultural y tradicional de ejercer a la fe, buscando imponer sus formas sobre otros. El evangelio, en lo en tanto, no obedece tales padrones de fuerza. No es mensaje de preservar una serie de rituales. Es un mensaje de libertad a que entremos a una relación de dependencia y confianza en Dios. En esa relación, no tenemos control de nuestras vidas, sino que otorgamos ese control a la dirección y orientación de Dios.

Jesús hablaba de que nuestras vidas tienen límites fuera de nuestro control. Juramentos no hacen sentido, pues no tenemos control sobre tantos aspectos de la vida. Ni hay necesidad para tal control. Somos llamados no más a vivir en dependencia de Dios y en la honestidad de nuestras limitaciones. Nos metemos en problemas cuando revindicamos control que no es nuestro. La decisión de hacer de Jesucristo nuestro Señor es una decisión de relajar nuestro deseo por control, cediéndolo a Dios. Es eso que hizo Rut, sin saber por donde su aceptación la llevaría. Supo no más que estaba entregando el control de su vida a otro. Es una decisión difícil para nosotros que tanto queremos control. ¿Será que no podemos vivir en una paz más plena al ceder control de nuestras vidas a Dios? De cualquier forma, faltamos control real sobre la vida. Reconociendo nuestra dependencia es un vivir más sano.

—©2009 Christopher B. Harbin

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