Desnudos Ante Dios

Génesis 2:18-24; Marcos 10:17-31; Hebreos 1:1-4; 2:1-4

Rev. Chrístopher Harbin, Iglesia Bautista "Cristo te Ama", Aiken, SC

04 de octubre de 2009

El joven rico vino a Jesús con muchas cosas a recomendar-le. Era de se esperar que él dependiera de su posición en la sociedad y de su riqueza. La máscara del día a día lo promovía bien, pero sentía que se le faltaba algo. Vino ante Jesús a preguntarle lo que se le carecía. Jesús lo motivó a despejarse del todo para llegar desnudo ante Dios en completa dependencia y necesidad. Es una lección muy difícil de se escuchar. ¿De qué forma aplica-se también a nosotros?

Él tenía todo a recomendarse. Era joven. Era rico. Era un líder entre su pueblo. Tenía posición, posesiones y una buena reputación religiosa entre la gente. Su currículo era de haber seguido a las instrucciones de Dios en fidelidad. La gente atestaba a su rectitud delante de Dios y la Ley de Moisés. Por lo menos, era esa su presentación pública. De cualquier modo, alguna cosa se le hacía falta. No sabía bien ubicar lo que se le echaba de menos. Fue esa la preocupación que le trajo a Jesús.

Llegó ante Jesús con sus preguntas. Bueno, era realmente una sola pregunta, no más. "Mestre, ¿qué se me hace falta a que pueda yo heredar a esa vida de las eternidades?" De alguna forma, sus recomendaciones escondían a su condición interior. Por debajo de su fortuna, status y buena reputación, carecía de alguna cosa que le diera confianza en una aproximación a Dios. Carecía de una esperanza real que le diera paz con Dios y llenara el vacío de su vida interior.

Andaba bien ante su público. Era conocido y reconocido por su sociedad. La gente buscaba aproximarse a él, pues tenía posición y riqueza también. Dado el concepto popular de bendición divina, pensaría-se que estaba bien con Dios, pues comprendía-se que los que estaban de bien con Dios disfrutaban de las bendiciones de salud, poder y riquezas materiales. Así se comprendía gran parte de la sociedad. Era la marca de la bendición divina, conforme se pensaba la gente. Por tales méritos, este joven ya tenía todo que se le hacía necesario. Adentro de si, entre lo tanto, carecía de alguna cosa a más. Su mayor problema era en no saber identificar ese algo.

Vino ante Jesús corriendo, quizás por que la gente también le buscaba. Quizás de inicio vino meramente por una curiosidad. Por lo menos al escuchar a Jesús identificó que se le hacía falta de alguna cosa. El vacío en su vida clamaba por respuesta. Sabiendo que Jesús estaba por partir en viaje, corrió antes de perder su chance. Echó ante Jesús su duda y pregunta. "¿Qué es lo que me hace falta?"

Jesús le contestó, de inicio aparentemente sin darle mucha importancia. "Conoces la Ley. No matarás, no adulterarás, no hurtarás, no mentirás, honra a tu padre y a tu madre." Esa respuesta de Jesús era la base de todo aquello que andaba haciendo para alcanzar a la vida con Dios. Sabía que había algo más que eso. Eso no lo llenaba. Eso lo había probado y bien reconocía que algo más necesitaba. No era la parte de la respuesta que buscaba. Era la respuesta de su tradición y necesitaba del resto del secreto de la vida con Dios.

"Si, Mestre, todo eso ya lo he hecho. Es lo de menos. ¿Qué más es que me hace falta hacer? ¿Cuál es la parte que no he cumplido?" Fue en ese punto que Jesús lo miró bien atento. Fue en ese punto que el hombre se disponía a realmente escucharle a Jesús. Lo miró con buena atención y amor. Solamente entonces respondió a la pregunta que el rico vino a hacerle, pues era solamente después de reconocer que todo en lo que andaba confiando no llegaba a ser suficiente que lo podría oír.

Miró bien al hombre, diciendo con cariño, "Va y vende todo lo que tienes, y dáselo a los pobres. Así su riqueza la pasarás a tener en los cielos. Luego ven y siga-me."

El rico sintió-se desnudo y vacío ante tal respuesta. No era nada de lo que quería escuchar. Si, era la respuesta que se le hacía falta, pero no era respuesta que le agradara. Estaba demasiado bien con su vida y las bendiciones que tomaba por seguro. Estaba demasiado cómodo con su posición, poder y bienes materiales para deshacerse de ellos al seguir a Jesucristo. Se le hacía demasiado dificultoso poner de lado su riqueza material para depender desnudamente de Dios. Era pedir demasiado.

¿Cómo podría deshacerse de todo? ¿Qué vida sería esa? Contrariaba todo que le decía la gente y su tradición referente a las bendiciones de Dios. Se puso triste. Había llegado alegre y lleno de esperanza ante Jesús. Ahora se fue triste y desconsolado, regresando a su vida vacía del cual había hecho una tentativa de escapar. Estaba demasiado enlazado con sus posesiones para entregarse todo a los pobres. Anhelaba la vida de las eternidades, pero no a tal costo. Volvió-se la espalda a seguir su triste camino.

Jesús también se puso triste, pero por otra razón. Quedose triste por la pérdida de este hombre que podría haberse tornado tanto más en las manos de Dios, pero que se volteaba como prisionero de sus bienes. Era hombre recto y moral. Era hombre estimado por muchos. Pero era hombre vacío y prisionero de su riqueza. No era dueño de sus bienes. Era esclavo a ellos. Dado la oportunidad de dejar su esclavitud, prefirió quedarse esclavo a la vergüenza de escapar desnudo y completamente dependiente de Dios.

El desnudarse delante de Dios en completa dependencia era difícil al joven líder rico. Siempre lo ha sido. En el principio de la creación no había razón de quedar avergonzado ante Dios, pero eso de antes del adviento del pecado. La inocencia no conoce razón para la vergüenza, ni comprende lo que sea. La inocencia conoce, mejor, una confianza abierta de lo cual no hay razón para huir. Es en esa confianza que habita la fe y el cerne del evangelio de Jesucristo.

En la huerta del paraíso—la creación conforme planeada por Dios—había comunicación abierta con Dios. Había dependencia completa en Dios. En tal plan de vida, no habría razón para escondernos los unos de los demás, ni de mascararnos. La comunicación abierta depende, en lo en tanto, en una confianza inocente. Es cuando partimos de la dependencia de Dios que se nos hace necesario esconder lo íntimo de los demás, mascarando el conflicto que traemos adentro de nuestras vidas. A escondidas de Dios, dependemos no de Él, pero de otras cosas—riquezas, poder, posición e influencia con los demás.

El autor de Hebreos dice que en Cristo tenemos un acceso a Dios más pleno, bien como una responsabilidad mayor ante los propósitos divinos. Se Dios antes hablaba por intermediadotes, ahora en Jesús Dios mismo ha llegado a tratar directamente con nosotros. El rico tenía todo lo que los profetas habían enseñado, pero le faltaba lo esencial—la parte que vino Jesús clarificar. En lugar de confiar más en Dios por cuestión de sus tradiciones y herencia de fe, confiaba menos. Quedaba-se avergonzado de llegar desnudo ante Dios, confiado en la provisión eterna en Cristo. ¿Somos nosotros muy diferentes? Quien sabe se ya la hora de entregar nuestro todo a Dios, quedando-nos desnudos, pero confiados de Dios y solo Dios nos suple y en gran suficiencia. A final de cuentas, es así que fuimos creados para vivir. ¿Estamos listos a cambiar nuestras dependencias materiales por las eternas?

—©2009 Christopher B. Harbin

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