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TheoTrek — A Journey with God in Discipleship | |
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Respondiendo al Conflicto Números 11:4-15; Salmo 116:1-10; Marcos 9:38-50; Santiago 5:13-20 Rev. Chrístopher Harbin, Warsaw Baptist Church, Warsaw, VA 27 de setiembre de 2009 Es inevitable el conflicto. Lo que no es inevitable es como respondemos a el. Puede ser que murmuramos o nos quejamos cuando las cosas no suceden conforme queremos. Pude ser que peleamos en oculto, a escondidas en nuestra cobardía. Puede ser que llevamos nuestras preocupaciones ante Dios, sabiendo que solo Dios es fiel a oírnos y ofrecernos redención y restauración. Puede ser que buscamos curación en Dios y encontramos su gracia en momentos desesperados—un foco renovado en la voluntad de Dios. Quizás peleamos para ganar nuestro deseo, elevar nuestra posición, y colocarnos adelante sin mucho preocuparnos con los demás. La cuestión debería de ser, ¿cómo quiere Dios que respondamos? Tenemos muchas opciones. Unos huyen de todo conflicto. Otros atacan. Aún otros buscan formas quizás sutiles para manipular a los demás. En el texto de Números, encontramos a los hebreos quejando de Dios y de Moisés. No venían ante Dios pidiéndole nada. No pedían auxilio, ni solución. No más venían reclamando de Dios y de su siervo, Moisés. La queja tenía fuerza suficiente para cambiar también la actitud de Moisés. Este también empezó a reclamar. Reclamaban de cositas sin importancia. No era que les faltaba lo que comer. Era que se sentían enfadados con la provisión de Dios. Querían tomar los renos y controlar los detalles de la provisión divina. Querían definir como Dios debería de actuar. La vida no estaba a su gusto y querían demandar a Dios para que hiciera su voluntad. No era una forma saludable para actuar. Era, en lo en tanto, una forma muy natural de darse con el conflicto a la mano. No estaban a gusto, entonces reclamaban de todo y de Dios. No querían someter sus vidas a la voluntad de Dios. Querían estar en el control. Querían la autoridad para demandar, sin aceptar responsabilidad por sus acciones. El salmista toma otra dirección. Dice amar a Dios por haber oído sus peticiones. Su vida estaba enmarada en conflicto, pero confiaba en Dios en medio de sus apuros. Mantenía su fe en media la aflicción, pues confiaba en la fidelidad de Dios. Quizás los demás eran mentirosos todos, pero en Dios confiaba ser fiel. Estaba envuelto en conflicto, amenazado con muerte, pero resolvía confiar y suplicar al envés de quejarse. Reconocía y confiaba que Dios lo escuchaba y a sus problemas los hacía caso. Santiago dice algo semejante frente a los problemas y conflictos de vida. Dice que la respuesta adecuada mediante el conflicto y sufrimiento es la oración. Cuando uno se encuentra enfermo, debería de buscar a Dios, pidiendo que los demás hermanos oren también por su salud. Dice que en medio del conflicto y los problemas de la vida, debemos juntos de buscar a Dios, pidiendo Su dirección. No nos dice que toda enfermedad es fruto del pecado, pero que los conflictos deberían instigarnos a revisar nuestras vidas en contraste a la voluntad de Dios. Dice que la respuesta adecuada encuentra-se en la oración—buscar la presencia y la voluntad del Señor. Los efectos de la oración, dice, son redentores, pues Dios quiere restaurarnos de nuestros caminos inciertos. Los discípulos de Jesús empezaron su respuesta al conflicto de otra forma. Querían aplastar lo que veían traer el conflicto. Impedían a aquellos que no seguían sus pisadas de ministrar en nombre de Jesús. Pensaban estar protegiendo a Jesús y su reputación. A lo mejor estaban ansiosos por proteger a su propia posición. Llegaron a Jesús para contarle de sus hechos, seguros de que Jesús los aplaudiría. A final de cuentas, el otro no tenía derecho de reclamar la autoridad de Jesús cuando no era ni su discípulo. Era arriesgado que alguien que no seguía a Jesús se aprovechara de su autoridad para ministrar a otros. Luego Jesús no tendría control sobre los hechos en su nombre. Jesús no tendría como corregir los errores. Podría ser que se le quitara para si las multitudes que ahora seguían a Jesús. Llegaron, por lo tanto, alegres para contar sus buenas noticias de fidelidad. Jesús los miró sin el agrado que tan naturalmente esperaban. Dijo que no deberían haber hecho cosa tal. Jesús no necesitaba de su protección. No se preocupaba con reputación ni con que una gran multitud le siguiera. Preocupaba-se con la misión de redimir a la gente hacia un relacionamiento con Dios mediante la gracia y amor del Padre. Era suya una preocupación con servicio a Dios, no de control, ni de partida. El conflicto que visaban los discípulos era no más imaginario e ignorante. Habían creado conflicto donde no se lo había. Dirigió-les Jesús su atención hacia la misión. Era la misión que le importaba. Bajo la misión, lo principal era ocuparse de servir a Dios y a los demás por preocupación en servir a los propósitos divinos. Dijo que ofrecer agua a otro por ser seguidor de Cristo es hecho digno de compensación. Servir a Dios incluye servir a los demás, sin hacerles tropezar. Impedir a otro que cumpla la misión de Dios es participar en contrariar a la misión y voluntad que Dios nos ha dado. Así dice Jesús que debemos ocuparnos de no impedir a otros que buscan servir a los propósitos de Dios. Colocar un estorbo ante uno que sirve a Dios nos es un hecho inocuo. Es algo de muy gran importancia. De hecho, dice Jesús, es una cuestión de peso suficiente para que uno debería considerar como un riesgo a su propia vida. Es la creación de un conflicto que no debería de existir. Deberíamos vivir en paz los unos con los otros, siguiendo a la voluntad de Dios. Nuestros hechos tienen importancia positiva cuando trabajan para dar andamiento a los principios y misión que Dios nos ha dado. Los conflictos que imaginamos entre nosotros son realmente conflictos entre nosotros y Dios. Era eso el conflicto entre los hebreos y Moisés. Era eso el conflicto entre los doce y el otro que no andaba junto. Es eso que nos indica también Santiago al decir que oremos los unos por los demás al enfrentar conflictos y problemas. Lo importante, dice, es que caminemos otra vez en los pasos y misión de Jesús. El pueblo en el campamento se quejaban por motivo de su pierda de gusto con la provisión de Dios. Querían estar en el control. No querían someter sus vidas a Dios. Eso era la razón principal de su queja. Estaban en conflicto con Dios y sus propósitos. En verdad, es siempre así. Se nos humillásemos ante la voluntad y los propósitos de Dios, no habría más razón para conflictos. Los conflictos entre las naciones no siguen la voluntad de Dios. Conflictos en iglesias no siguen la voluntad de Dios. Conflictos entre individuos no siguen la voluntad de Dios, tampoco. En la palabra de Jesús, mismo los conflictos religiosos en que decimos proteger a Dios no siguen de su voluntad. La respuesta adecuada, dice, es de curvarnos a servir. Es esta la respuesta que quiere Dios ante nuestro conflicto—que alcemos nuestra vista arriba del conflicto en busca de cómo debemos servir los unos a los otros bajo la misión que Dios nos ha dado. Al entregar nuestras vidas por completo a los propósitos de Dios, no hay más espacio para envolvernos en pleitos, discordias, y conflictos los unos con los demás. ¿Estamos listos a dejar nuestros conflictos de lado para aceptar una dedicación mayor con la misión de Cristo? Es la única respuesta digna al conflicto, pues es la sola forma de responder al conflicto real. ¿Serviremos a Dios mismo que no nos guste? —©2009 Christopher B. Harbin | |
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