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TheoTrek — A Journey with God in Discipleship | |
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Graduación Espiritual Salmo 104:24-34; Juan 15:26-27; Hechos 2:1-21; Efesios 1:15-23 Rev. Chrístopher Harbin, Central Baptist Church—Lowesville, VA 31 de maio de 2009 Hoy es un día de celebración. Estamos celebrando nuestros formados y sus realizaciones. Han trabajado, estudiado y completado sus cursos para llegar a este día de reconocimiento de sus esfuerzos y realizaciones. Pausamos a celebrar su preparo y inicio de una nueva fase de vida. La graduación no es un término, pero un inicio. Mismo que miramos a la graduación como completando una serie de niveles y etapas, es más bien una tabla de impulso—el comienzo de una nueva etapa de vida en resultado del completado. Es señal de transición a una nueva fase vivida. Siempre fue difícil para mi asociar mis graduaciones con inicios. Se parece más natural considerar el término de un capítulo de vida. Pero la graduación es aquella celebración a la orilla del nuevo—el virar la página a la vida del próximo capítulo. En la vida de los primeros discípulos, hoy marca también un comienzo. Pentecostés—un festival judío de primeros frutos cincuenta días después de la Pascua—era celebración de la provisión divina de una cosecha. Las huertas de primavera estaban dando fruto y la gente celebraba el regalo de cosecha por parte de Dios. Para los discípulos ajuntados, era más que eso. Era el día en que la profecía por Joel vino a cumplir-se mientras el Espíritu de Dios bajó sobre los discípulos, marcando una nueva era. Jesús recién había físicamente dejado los discípulos después de la resurrección, indo al cielo con la promesa de la venida del espíritu y la misión de testificar a ser cumplida. Habían sido encargados a quedar en Jerusalén para este día en que serían cubiertos en poder por el soplo de Dios. Les capacitarían a testificar de Jesús. Era su misión—el propósito de su llamado. Deberían testificar de Jesucristo ante naciones cercas e lejanas. No estaban preparados para obra tan grande. Ciertamente no se sentían preparados. Al leer los evangelios, constante apuntan a la incomprensión de los discípulos, malinterpretando el punto de las sus palabras de Jesús y simplemente no alcanzando la nota. Hicieron todas las preguntas e iniciativas erróneas. La noche de la traición de Jesús fallaron en comprehender la necesidad de su muerte. La crucifixión los hecho al desespero, mismo que Jesús lo había anunciado. No habían captado el mensaje que Jesús resurgiría de la muerte. ¡Hasta fallaron en aceptar la nueva que Jesús había resurgido y vivía! ¿Cómo podían eses discípulos incapaces ser aquellos confiados con el mensaje del evangelio? ¿Cómo pudo Dios hacerles testigos a Jesucristo—los en quienes dependería el evangelio de nuestra salvación? Habían pasado tres años con Jesús. Día y noche, habían escuchado su enseñanza, mirado su ministerio y participado en los cargos asignados. Simplemente no parecía ser suficiente. Demasiadas veces, se quedaban a rasguñar sus cabezas al oír Jesús hablar. Se quedaban en constante confusión por las acciones de Jesús—por su interacción amplia en la moneda de gracia y misericordia. Tantas lecciones Jesús enseñaba aun no habían llegado al nivel de práctica habitual. Les faltaba experiencia. Ansiaban más unas clases y más tiempo para digerir la enseñanza de Jesús. Sin portar-se, Jesús consideraba un buen tiempo a lanzarles al mundo de ministerio. No obstante sus reservaciones y dudas, era tiempo a aprender dependencia en Dios y llenar el vacío y suplir recursos para la misión al que les llamaba. Listos o no, era tiempo. Era tiempo de confiar en Dios más allá de los limites de su visión, conforto, y comprensión. En este día de celebración—la Fiesta de Primeros Frutos—le gustó a Dios regar a los discípulos con en Espíritu Santo. Como los antiguos profetas habían sido regalados el Espíritu ocasionalmente, ahora la profecía de Joel del Espíritu ser derramado por todo el pueblo vino a se cumplir. Con Jesús ya no corporalmente presente como Mestre y guía, ahora dios se hacía presente en espíritu y accesible a todos al mismo instante. Con esa presencia vino el poder divino habilitándoles a cumplir con la voluntad de Dios, sin importar sus limitaciones de los discípulos. Esto era la transición e impulso a ministerio. Era inesperado. Habían reunidos conforme su hábito. Estaban listos a celebrar el festival tradicional. Entonces vino Dios en su medio y todo cambió. En medio de sus planes y expectaciones, Dios los habilitó con su soplo a hablar la novedad de Jesucristo ante los judíos en peregrinación desde todo el Imperio Romano. Jesús no les había dado un curso de idiomas del mundo. Pedro ni hablaba griego, la lengua común del mundo civilizado. Todo que conocía era el arameo y lo suficiente de hebreo para pronunciar las lecturas de la Torah en la sinagoga e participar con el cantar de los Salmos. Repentinamente, Dios entro a utilizar a Pedro y los demás 120 discípulos a compartir las buenas nuevas de redención en las lenguas de las naciones representadas. Era el día del cual había hablado Jesús: "este evangelio será predicado a todas las naciones, y entonces vendrá el fin." No había referenciado el fin del mundo, pero los últimos tiempos o tiempos postreros—esa segunda porción de la historia cuando el Espíritu sería derramado y accesible a todos. Era el inicio de la era después de la venida del Mesías. Era el inicio de nuestro tiempo, también. Aquel Día de Pentecostés se parece muy retirado. Parece tan remoto de nuestra experiencia. Ya no congregamos el los techos. No aprovechamos un patio arriba de nuestras casas, del cual predicamos el evangelio de gracia y redención divina en Jesucristo. Ya no sentimos la urgencia de compartir el mensaje de que la redención y salvación son más que posibles, son necesarios. Ya no sentimos compelidos a aceptar la misión que Jesús dejó a esos 120 creyentes en Jerusalén. Presumiríamos dejar que otro aceptara el llamado. Alguien con más preparo y capacitación debe se responsabilizar a llevar el evangelio de Cristo a aquellos necesitando oír. Alguien que ha tenido más tiempo a digerir el evangelio en el monte y la nueva de la cruz y resurrección es mejor candidato para el labor. Mejor pagamos a otro que haga lo necesario. Perdemos la urgencia. Perdemos nuestra responsabilidad. Perdemos por completo la importancia de Pentecostés. Es nuestra graduación. Es nuestro inicio. Es nuestro día a salir de las fileras y aceptar que Dios ha respirado su soplo sobre nosotros, habilitando-nos como testigos a llevar las buenas nuevas de Cristo Jesús. Somos habilitados por el Espíritu de Cristo a aceptar la misión que nos dejó. Hemos sido llenados y habilitados con un propósito. Hemos sido confiados con una misión, pero no abandonados. Todos debemos llevar la causa de Cristo Jesús, anunciando las buenas nuevas a todos, cerca y lejos. Debemos testificar ante todas las naciones que Dios desea reconciliar el mundo a entre si y con Dios. Quizás no nos sentimos preparados para tal llamado altivo. Los discípulos ciertamente se sentían de esa forma. Es en nuestro censo de desprevención, entretanto, que podemos aprender a depender de la presencia interna del Espíritu del Santo, derramado en nuestras vidas, para que sepamos las buenas nuevas a compartir. ¿Estamos listos a celebrar tal graduación e inicio? —©2009 Christopher B. Harbin | |
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