Sorprendido por Dios

2 Reyes 5:1-14; Salmo 30:1-12; Marcos 1:40-45; 1 Corintios 9:24-27

Rev. Chrístopher Harbin, Central Baptist Church—Lowesville, VA

15 de febrero de 2009

Servia a un Dios de sorpresas—el Santo de Israel que había sanado a Naaman. ¡Cuán bien conocía la historia de Naaman! Lógico, todo judío se lo había escuchado. Pero desde el inicio de su lepra él había pensado y reflexionado mucho más en la historia que los demás. Había llegado a la conclusión de que debiera haber algo errado con lo reportado. El Santo de Israel había sanado a aquel extranjero nocivo de su lepra, pero aparentemente no había sanado a ninguno del pueblo escogido. Era como se Dios había desechado gracia sobre ese indigno siervo del rey del enemigo Siria.

¿Por qué? ¿Cómo pudiera el Santo de Israel se gracioso a un objeto indigno de gracia e ignorar el estado de la gente llamado por "El Nombre"? ¿No estaba bien claro que la reputación del Santo de Israel estaba a riesgo? ¿Cómo pudiera ese extranjero idólatra y su rey ser los únicos a veer el poder del Dios de Israel rescatar a uno de la lepra? Después del todo, el rey de Siria buscaba un pleito. Tendría sido una gran ocasión para el Santo despojar ese poder extranjero con una victoria milagrosa a se recontar por generaciones, no para indignarse a curar ese siervo de su lepra. Por otro lado, si la lepra no era gran cosa, ¿por qué no había sanado a los leprosos de Israel, también?

Si, había escuchado la historia de Naaman. Había meditado en ella. Se lo había mirado de suficientes ángulos para tornar la mayoría tontos. Había hasta considerado ¡como pudiera tornarse un siervo de un rey extranjero para hacerse digno de la atención de Dios! Su sola conclusión habría sido que Dios no estaba tan interesado en Naaman, como en evitar guerra con Siria. Curar a Naaman había sido cuestión de menos importancia a Dios. Pero a este hombre, era una necesidad que lo consumía.

La lepra se lo había definido. Ya no era el hombre que había sido. Ya no podía cuidar a su esposa e hijos. Se veía forzado a vivir afuera de los muros de la ciudad, gritando con los demás de la banda para alertar a la gente de su presencia. Se transformó de miembro estable de la sociedad a un desechado, cuya presencia era temida por el miedo de alguna contaminación. Ya no tenía una vida. No había empleo que pudiera ejecutar. Ya no había forma de ganar la vida. Encontraba-se forzado a mendigar y vivir a la misericordia—y animosidad—de la gente.

No había simplemente perdido un empleo o jubilación. No había no más perdido su casa al banco. Había perdido esperanza de recuperación, ausente algún milagro imposible. Sin la intervención directa del Santo, no tenía ninguna esperanza. Estaba consignado a mirar la enfermedad comer su cuerpo pieza por pieza, mientras perdía el sentido en sus extremidades, orejas, nariz, y labios. La vida se había transformada en poco más que un existencia miserable, hecha peor por la memoria de lo que había sido. No había esperanza.

¿Cómo pudiera Naaman tenido tal suerte? ¿Cómo había conseguido la atención del Santo de Israel? ¿Cómo pudo que el rey no le había lanzado de su corte? ¿Cómo pudo viajar con los hombres del rey sin haber sido necesario que gritara "¡Inmundo!" todo el día? Realmente no quería que Naaman no se hubiera sanado por Eliseo, pero quería ver la misma bendición para si y a los demás leprosos con quienes meramente existía. Había orado y ayunado sin resultado. Bueno, el ayunar había sido más que nada forzado por la lepra. Sin embargo, no hubo respuesta a su clamor. Fue como si Dios, también, lo estaba mintiendo a la distancia, con miedo de aproximarse.

Entonces empezó escuchando hablar de ese rabino que viajaba curando a la gente y expulsando a los demonios. Ese Jesús, como lo llamaban, había ido a Capernaum y curado a muchos. Había empezado a viajar por la Galilea, predicando, enseñando, sanando y expulsando a demonios. Se decía haber algo distinto con él. La gente lo seguía, implorando que cuidasen sus cargas personales. Se veía capaz y deseoso de ayudar a todos.

Era difícil mantener su esperanza en control. Al mismo tiempo, era difícil creer que había una esperanza. Del poco que podía juntar de lo que escuchaba, ese Jesús no se preocupaba con ceremonia al entorno de sanar y expulsar demonios. Más como Eliseo—el profeta que había curado a Naaman—él simplemente pronunciaba su voluntad y esperaba resultados. El leproso temía esperanza. ¡Había vivido sin ella por tanto tiempo! Temía perder la esperanza de vez. Mientras la cuestión de Jesús ayudarle aún no fuera testada, él no necesitaba encarar la pierda completa de esperanza. Quería alivio, pero realmente no había una salida—¿o había?

¿Era posible que surgiera otro profeta con perfil de Eliseo? Eso había sido hace siglos, bien antes de la deportación de Israel y el exilio a Babilonia. Ya no los hacían como antiguamente. Los milagros hechas por el Santo con Eliseo jamás habían sido vistos fuera de las historias de Moisés y Josué. Había no más de unos tres milagros de Elías, lo más célebre de todos los profetas. Eso no llegaba a la medida de los milagros reportados en la historia de Eliseo. Eliseo era lo único reportado a ser usado por Dios a sanar a alguien de la lepra.

Luchaba con la cuestión de pensar llevar su caso ante ese Jesús. La esperanza se colgaba por un hilo, y el estaba tan ansioso de ser desapuntado otra vez. ¿Había cualquier forma de recibir la atención de Dios que tanto anhelaba? Él no o merecía, pero tampoco lo había Naaman. En verdad, no tenía nada a perder. Simplemente no soportaba arriesgar celar la única puerta posible de esperanza con completa finalidad. Quizás sería mejor ni tentar pedir a Jesús que lo sanara. Las multitudes jamás lo dejarían acercarse. Presumían que existía bajo el juicio de Dios, esperando su tiempo de morir. Si Dios no lo quería, ¿por qué deberían ellos?

Cuando escucho que Jesús pasaba a su camino, decidió asumir el riesgo. No aguantaría ser desapuntado, pero no tenía otra razón para vivir. La lepra había muerto todo su futuro. Forzó su camino por la multitud, gritando, "¡Impuro!" hasta que se deparó a los pies de Jesús. Se agachó ante Jesús, mendigando a decir, "Si quisieras, me puedes hacer puro." Jesús lo tocó.

Hacía mucho que nadie se atreviera a tocarlo. Jesús lo tocó y dijo, "Quiero. ¡Sea puro!" ¡No imaginas el impacto de ese toque! ¡No imaginas el impacto de esas palabras! Él no pudo frenar el regocijo que desencadenó por su magra esperanza tornarse realidad. Se sentía compelido a compartir con todos lo que le sucediera. Quedó sorprendido con lo que Dios había hecho. No pudo frenar su alegría por el nuevo empiezo de vida regalada por el toque de Jesús al curar-lo.

¿Qué hacemos nosotros al ser sorprendido por el tocar, la presencia y interacción de Dios? ¿Estamos listos a dejar que Dios nos sorprenda? Casi no había llegado a Jesús, como también Naaman casi volvió sin ser curado. Se apegaba a una cajita dentro del cual Dios debía de vivir y actuar. ¿Daremos a Dios libertad para sacudir nuestras expectaciones y ser presente en maneras que podemos predecir? ¿Qué realmente arriesgamos al recusar que Dios nos guíe donde sentimos incómodos?

—©2009 Christopher B. Harbin

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