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TheoTrek — A Journey with God in Discipleship | |
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Proclamando la Redención Divina Isaías 40:21-31; Salmo 147:1-11, 20c; Marcos 1:29-39; 1 Corintios 9:16-23 Rev. Chrístopher Harbin, Central Baptist Church—Lowesville, VA 08 de febrero de 2009 Después de largo viaje en camino empedrado y polvoriento, debiera estar cansado. Hay muchas razones a sugerir por lo cual se cayó del caballo. Pudiera haber estado medio dormido, arrullado al olvido por el balanceo constante del cabalgar. Pudiera haber pasado tiempo demasiado sudando al sol con muy poco agua. Pudiera haber sido una combinación de fatiga, deshidratación, o el tropiezo del caballo en una parte más bruto del camino. No conocemos muchos héroes cuyas historias empiezan con un caer del caballo, pero este es uno. En el caso de Pablo, pude ser hasta la porción más conocida de su historia. Fue un alto evento en su vida. Fue transformador. Quizás es por eso que lo contamos y recontamos. Buscamos un momento inicial transformativo generando un cambio de curso, un momento que hace toda la diferencia. Nos gusta cambio instantáneo—un momento, un evento dramático—no una jornada de pasos de cambio lento. Es simple imaginar al camino caliente y empolvoreado a Damasco. En el día de Pablo era una longa jornada. No habían calles asfaltadas, mismo que los romanos construían estradas de piedra por el imperio para mover rápidamente a sus soldados conforme necesario. No habían parques y zonas de estacionar en el margen del camino, restaurantes, ni baños para turistas y pasajeros. Era no más una longa estrada—algo más que 240 Km. de polvo, sol, sudor, e los olores de estiércol fresco. Con días de caminada, Pablo se cayó del caballo. Quizás deberíamos pensar de deshidratación, insolación, o agotamiento. Sus compañeros de viaje lo habrían pensado si no hubieran oído la voz llamando del cielo. Por lo siguientes días, Pablo luchó con la importancia de aquel encuentro con el Cristo vivo. Él oró y ayunó hasta la llegada de Ananías. Meditó en el sentido de las palabras que había escuchado. "Soy el Jesús que vienes persiguiendo." Ananías vino con una parte aún más rara del mensaje: "Le enseñaré lo cuanto debes de sufrir por mi causa." Olvida todo el Jesús manso y tierno implorando que uno le acepte. Esto era mucho más que una canción adormecedor, llamándole a un cristianismo cómodo, soñoliento, estilo repita-después-de-mi-y-todo-estará-bien. No era suficiente que Pablo cambiara de perseguir creyentes a aceptar a Cristo. Ese llamado transformacional incluía recibir el choque de la persecución intensa que había dispensado. No es así que acostumbramos a figurar el llamado de Dios en nuestras vidas. Esperamos alguna interrupción en nuestros planes, pero "Lo cuanto sufrirás por mi causa" no se hace parte de nuestra visión del evangelio ni voluntad de Jesucristo. Esperaríamos ver a Pablo huyendo. Si fuera listo, é hubiera dado vuelta como Jonás en dirección contraria al llamado de Dios en su vida. Queremos gritar a Pablo, "¡Mantenga-se lejos de lo que Dios quiere! ¡Es demasiado compromiso y sacrificio!" Por lo menos, así lo pensamos al sentir que Dios nos llama a nosotros. Pero mirando a la historia de Pablo, ese sufrimiento no suena tan mal. Lo mantenemos a la distancia. Lo dejamos pasar desapercibido. Después del todo, ¡es un héroe de la fe! Es no más que una historia, decimos. Consideramos que él está muy removido de lo que hace Dios hoy. Él es una figura de leyenda de hace mucho, mucho, mucho tiempo cuando Dios hacía las cosas de forma diferente. Era allá cuando el sufrir era parte de la vida—como ir a dormir con un poco de dolor artrítico. Simplemente ya no necesitamos sentí-lo. Para eso hay medicina. El sufrimiento ya no es necesario, por lo menos en las cuestiones de fe. Vivimos en un mundo diferente, insolados del tiempo, manejando calles asfaltadas para comprar comida sin necesidad de trabajar campos en espera de una cosecha, confiando que el gobierno no nos torturará, ni se meterá demasiado en nuestras vidas. Dios quiere lo que es mejor para nosotros. Dios quiere nuestro conforto, paz, tranquilidad y bendición económica. Como los líderes industriales, aceptamos nuestra comodidad por supuesto. ¡La seguir la felicidad es derecho divino! (¿No se encuentra eso en alguna parte de la Biblia?) Tenemos medicinas para el dolor. No hay como le pudiera gustar a Dios que viviéramos como Pablo… ¿o hay? Tome dos pastillas y me llame por la mañana. Llevó un tiempo para que Pablo se diera con la importancia del llamado de Dios. Empezó luego proclamando el evangelio en Damasco, bajo los cuidados de Ananías y los otros creyentes, pero entonces se fue esconderse algunos años en la Arabia, allí detallando lo que era mismo el evangelio y como eso transformaría su vida de persecutor celoso de la iglesia a su emisario más avante guarde. Parece que fue en eses años que la transformación realmente se hizo. Regresó de la experiencia en tierra inculta un hombre nuevo con una misión transformadora. Que se cayó del caballo era simbólico en muchas maneras. Tuvo que dejar su posición, objetivos, lazos a su tradición, herencia y dirección en la cual se habría criado. Como escribe a los corintios, él habla de la garra del evangelio de Jesucristo en su vida. ¡Hablando de transformaciones! Aquí estaba un hombre que había perseguido a creyentes, ahora proclamando el evangelio de Cristo bajo una manta de persecución con prisiones, golpeos, y sendo dejado por muerto. Él debiera haber salido corriendo del llamado de Cristo, pero a diferencia de Jonás, él tomó una posición distinta del llamado. A los creyentes en Corinto, cómodos en su nueva riqueza, posición, y avance personal, él dice, "¡Ay de mi si yo no proclamara el evangelio!" Los cuidados del mundo habían cambiado a sus ojos. Lo que antes había buscado cayó del centro de su vida, mucho como había caído de aquél caballo. Pablo había presumido que mientras luchaba por posición dentro de un judaísmo celoso, él estaba sirviendo a Dios. Cuando miramos bien, él no sufrió una transformación tan drástica. Él ya era celoso por servir a Dios. Él ya había dado su todo para servir a Dios con su todo, lo mejor que sabía. Lo que cambió fue simplemente una cuestión de dirección en la cual invertir su vida. Él no escogió el camino de Jonás. Él no determinó huir de todo que Dios tenía reservado para él—ni las partes que no se conectaban con la dirección que ya había escogido para si. Pablo simplemente hizo la decisión para servir a Dios, no a lo que se pasaba por serví-lo. Al contrario de huir la dirección de Dios, escogió dejar de lado lo que ya no podía fingir ser del interés de Dios. No concordando con los berros de angustia de Jonás por servir a Dios con un mensaje contrario a su voluntad. Pablo no más continuó sirviendo a Dios, ahora en un curso más apropiado. El evangelio se agarró de Pablo. Paso a paso en la jornada de su vida, se hizo la narrativa dominante por detrás de si. Era la canción que cantaba, la melodía al cual bailaba, y el mensaje que proclamaba. Era también la recompensa de su vida y ministerio. Para proclamar la redención de Dios era su propósito, y su proclamación era su mayor gratificación. Él era cautivo—un esclavo a la proclamación y el evangelio de Jesucristo. El cambio de propósito hizo a todo digno de valía. Diríamos con Pablo, "¡Ay de mi si yo no proclamara el evangelio de la redención de Dios!"? O es eso, o huir de Dios como se hizo Jonás. —©2009 Christopher B. Harbin | |
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