Autoridad a Obedecer

Deuteronomio 18:15-20; Salmo 111:1-10; Marcos 1:21-28; 1 Corintios 8:1-13

Rev. Chrístopher Harbin, Central Baptist Church—Lowesville, VA

01 de febrero de 2009

Era diferente su mundo de entonces. Era una cultura diferente, un tiempo diferente, una lectura diferente de la realidad y la interacción de uno con el mundo. Lo que pensaban y como comprendían el mundo a su vuelta era muy distinto al nuestro ver. Marcos no había estado presente, pero había escuchado historias—y no solo de Pedro. Mismo que la tradición nos dice que Marcos era intérprete de Pedro en el mundo griego hablante, Marcos ya hubiera escuchado historias de Jesús mientras crecía. Era demasiado joven para haber sido parte de la muchedumbre, pero había escuchado las historias. No era todo día que uno como Jesús apareciera. Sentados al rededor de una fogata, a la cena, o mientras negociaciones del mercado, se contaba y recontaba historias de Jesús mientras la gente buscaba comprehender lo sentido de sus palabras, su enseñanza y sus acciones.

Aquí era uno que desafiaba las expectaciones. Él era distinto de los demás. Él sanaba a la gente. Él enseñaba como rabino, pero no había sido privilegiado con las escuelas rabínicas. Era no más un trabajador común—un tekton o obrero de construcción. Quizás tenía un oficio más especializado, pero no era de se esperar. No tenía herencia privilegiada o medios de estudiar bajo uno de los rabinos de fama. Mismo así, tenía una comprensión clara de Dios. Sus palabras y acciones hablaban de algo especial que dinero y posición no habían comprado. Él no se limitaba a expectaciones normales y las historias hacían sus ondas largas mientras la gente debatía ese rabino que vino del nada.

Después del todo, los judíos eran una nación de contadores de historias. No que todos eran de la profesión, pero sus vidas se hincaban en una serie de historias. Las contaban y recontaban, memorizaban y cantaban, repasando su ciencia de generación a otra. Comandados el las escrituras, hablaban de las historias de la fe en el camino al trabajo, en los campos, al acostarse y en preparación ante el día. La gente pensaba en historias. La gente enseñaba por historias. Organizaban la vida por historias de un tipo u otro. Dado el contexto, esa historia de Jesús era más significante que muchos.

A final de cuentas, ¿quién era Jesús? Había muchos rabinos defendiendo sus ideáis favoritas y sus ramas de tradición judía. Unos buscaban hacer para si un nombre. Muchos buscaban lucros y lujos mayores. Otros buscaban guiar la gente a un grado mayor de fidelidad a Iavé. Unos servían de guía, otros no. Hacían preguntas. Contaban historias. Eran los filósofos del judaísmo, pero no olían de autoridad como lo hacía Jesús.

Marcos había escuchado las historias de cura. Recordaban las historias de los ministerios de Elías y Eliseo. Jesús no seguía encantaciones mágicas o rituales ceremoniales planeadas. Él no corría a hacer ofrendas especiales en preparación a sanar a un individuo. Así era como se hacía entre los curas más tradicionales del día. Para ellos, la ceremonia era lo central. La cura era secundaria y no se lo esperaba siempre. Las ceremonias tenían sus rutinas establecidas y a veces prolongadas en búsqueda de ganar la atención de fuentes suprahumanos, quizás de Dios. También se los diseñaban para demostrar que el oficiante hacía algo digno de ser pago.

De eso no había nada en Jesús. Él enseñaba en las sinagogas. Él sanaba a la gente. Luego echaba fuera los espíritus malignos. No había show. No había ceremonia. No había ritual prescrito, ni incautación por lo cual Jesús ganaba poder sobre los espíritus. Él no más hablaba a ellos con una autoridad que debían de obedecer. Él hablaba. Resultados aparecían.

Ahora, quizás no estemos cómodos en hablar de espíritus malignos, demonios, o de dioses de las naciones alrededor de los contemporáneos de Marcos. Probablemente aceptamos una versión higienizada de la historia. Es probable que hemos creído que de una forma o otra Jesús estaba acudiendo a la falta de comprensión de esa gente ignorante que no comprendía la realidad en que vivían. Creían en demonios, en espíritus malignos, y así, por lo tanto Jesús se acomodaba a su pensar. En verdad, diríamos que él curaba sus enfermedades psicológicas, sus desajustes de personalidad. Para Marcos era una cuestión de autoridad. Lo que sea nuestra definición de realidad, las palabras de Jesús tenían impacto. Completaban su misión. Él hablaba a las dificultades de la gente y se los traía a la integridad sana.

Marcos reporta que este hombre impuro en espíritu clamaba a Jesús. A ese punto su descripción no especifica más que pudiera haber sido alguien descontento, mal-humorado, de espíritu nocivo, como lo describiríamos nosotros. “Impuro en espíritu” es su forma de colocar. Mismo así, hay algo distinto de su forma de hablar. Había algo equivocado, mal-ajustado con él. Pero es con el hablar de Jesús que Marcos nos ofrece una comprensión definitiva de lo que se pasa. Jesús no habla al hombre, pero a la realidad que está por detrás de el. Al salir el espíritu inmundo, hay una transformación. Es en esa transformación—los resultados visibles de la autoridad de Jesús—que encontramos lo que realmente ha sucedido.

Hasta que el hombre confrontó a Jesús, su vida estaba abierta a interpretación. Pudiera el tener problemas psicológicos, pudiera estar bajo la influencia de algún espíritu maligno—uno de los demonios o dioses de las naciones alrededor—o ¡quizás era no más un tanto raro! Desde que fueron al exilio, los judíos desenvolvieron una apreciación de lo demoníaco. Llegaron a aceptar que en el mundo se habitaba seres espirituales que podrían ser los llamados dioses adorados por otros o unos seres espirituales menores. Podrían ser buenos o malos, ángeles o demonios, como en nuestra terminología. A veces podían influenciar a la gente, promoviendo enfermedades o guiando sus acciones.

No todo lo maligno en el mundo, enfermedad o sufrimiento, se atribuía a lo demoníaco. También se consideraba que los problemas se ocasionaban por el pecado—las acciones que no seguían al voluntad de Dios. No siempre había respuestas claras de lo que ocasionaba enfermedad, mal-humor o locura. Lo que era claro en ese caso vino en resultado de las palabras y interacción de Jesús con ese hombre.

Jesús decidió no hablar al hombre. Habló a lo que estaba adentro de el. Habló al origen de sus palabras y acciones. Habló a la fuente del problema y la realidad mayor que quizás desearíamos ignorar o pasar por alto. No había ceremonia y pompa. No hubo incautación ni ritual mágico a se seguir o prescribir. Antes bien, había autoridad para dirigirse a la realidad invisible.

Es esa autoridad que captó la atención de Marcos. Fue esa autoridad que captó la atención de la gente. Fue una autoridad que mismo el espíritu impuro obedeció. No había cuestión de estar cierto, errado, tener su manera, o autojustificación. La cuestión era como responder a la autoridad de este Jesús. Deuteronomio apuntaba a un profeta que de Dios que debería-se oír. Eso es lo que escuchaba Marcos en la historia. ¡Aquí está él que hemos esperado! Su autoridad es la de Dios. Se mismo los espíritus malignos se curvan ante su autoridad, ¿cómo deberíamos responder en nuestro vivir?

Pablo dice que en amar a Jesucristo nos unimos a Dios. ¿Estamos tan preparados como ese espíritu maligno a someter nuestras vidas a su autoridad de Jesucristo, dejando nuestra voluntad de lado?

—©2009 Christopher B. Harbin

Este sermón en pdf

This sermon in English


The Baptist Top 1000 Bible Top 1000