Perdonado para la Paz

Isaías 40:1-11; Salmo 85:1-2, 8-13; Marcos 1:1-8; 2 Pedro 3:8-15a

Rev. Chris Harbin, Central Baptist Church—Lowesville, VA

07 Diciembre 2008

La paz es mucho más que un cesar de hostilidades. El perdón es mucho más que escapar a la justicia. Dios nos extiende perdón, pero con el propósito de recibir su paz. ¿Estamos listos a buscar a la paz de Dios en nuestras vidas, conforme la voluntad y las definiciones de Dios?

Él vino como anunciante. Vino preparar su gente a recibir otro de importancia muy mayor de su propia. Para Marcos, el mensaje de Juan el Bautista era punto clave para empezar su narrativa y sermón sobre Jesucristo. Era la clave para todo el mensaje de Jesucristo. Como era necesario preparar a la gente ante su llegada de Jesús, también era importante preparar los oyentes de antemano a escuchar el mensaje de Jesucristo y comprehender a aquel de quien Marcos estaba por escribir.

Juan Bautista llegó en la escena proclamando un mensaje de preparación. Se hubiera imaginado que todos ya estaban preparados. De veras, estaban ya ansiosos para la llegada del Mesías. Había años que pasaba la nación en una turbulencia esperanzada. Muchos habían surgido proclamando-se el Mesías que libraría el pueblo del control de Roma. Cada uno había muerto, y con su muerte, la nación se revolvía de nuevo en su ansiedad y expectación del surgimiento del Mesías verdadero. Estaban prontos. Estaban ansiosos que viniera ya. Según pensaban, era tiempo y ya no querían esperar una semana más. Pero vino Juan, predicando que se preparasen a recibir el que tanto anhelaban.

¿Cómo que no estaban ya listos para su llegada? Hasta Roma sabía que el pueblo estaba muy cerca de revuelta, esperando no más que llegara un líder para liderar-les en rebelión contra los ejércitos romanos. El pueblo borbotaba en anticipación y procura del mesías de Iavé. No más buscaban atentos por una señal de que hubiera llegado. Por lo menos, así lo consideraban—listos, prontos. ¡Mesías ya!

Juan tenía otra perspectiva. Era la ótica de un profeta como Isaías, quien hablaba de que se hacía necesario hacer preparativos de otra clase ante la llegada del Mesías. El pueblo mantenía más en mente la segunda parte de sus palabras. Tenía los ojos fijos en su visión del resultado de la promesa—de la paz y la serenidad del pueblo bajo la provisión mesiánica de Dios. Veían a un futuro sin opresión romana. Veían una vida libre de la imposición de impuestos ajenos. Veían una tranquilidad religiosa donde no sería necesario proteger-se contra las demandas ajenas. No pensaban en su responsabilidad delante de Dios para ser el medio de su liberación. Pensaban en si mismos, y no en ser la provisión divina a los demás en medio a sus dificultades.

Juan no pensaba que el Mesías no sería líder político. No tenía la ótica de que el Mesías no sería un general. Aun tenía la mentalidad de los demás de que el Mesías libertaría el pueblo con solución política. Pero Juan comprendió que el primer paso en veer la liberación de Dios era una preparación ética y moral de vera justicia y equidad. Vivir en preparación visaba primero las necesidades de otros y no el avance personal. La justicia y la rectitud eran el inicio de aceptar y preparar-se para la redención de Dios. Había que prepara a su camino.

Dijo Juan, que se uno quiere vivenciar la promesa y redención de Dios, debe primero empezar con el arrepentimiento y la conversión de su vida a servir los propósitos de Dios, ya no a los suyos. Por esto vino predicando el bautismo. No era cuestión de mojar-se en el agua. No era cuestión de formula correcta o modo verdadero de un rito. Lo importante era el mensaje del bautismo. Era la demostración de una conversión de vida. Era un nuevo principio para la vida, ahora proyectando cumplir con los objetivos de Dios, y no los propios.

El pueblo ya conocía el bautismo. Era ritual de conversión para aquellos que estaban llegando al judaísmo. Era un acto para los que estaban lejos de Dios, sirviendo a ídolos, enmarados en brujerías y no reconociendo la existencia del único Dios soberano. Era para los de afuera. Juan miró hacia adentro del pueblo judío, presenciando que la gente no estaba preparada para recibir al Mesías, pues quedaban lejos de la rectitud y justicia de Dios. Sus vidas no estaban centradas en la voluntad divina, sino tomando el nombre de Dios para andar siguiendo sus propios caminos.

La paz que buscaban era la paz equivocada. Visaban una vida sin opresión política ajena. Buscaban una existencia sin demandas económicas contrarias a su voluntad. Anhelaban que Dios viniera a abrir paso a la vida de sus sueños egocéntricos. A la verdad, Dios debería de garantir su desarrollo sin cualquier exigencia sobre al pueblo. Debería de ser suficiente que aceptaran su identidad, su unicidad y que no tuvieran mezcla de ídolos en su medio. Que pasaran por unos rituales estaba bien, pero que Dios cediera paz y tranquilidad e dejara que buscasen su fortuna y su comodidad sin importar las necesidades de otros y el amor de Dios para el pueblo todo. Su fantasía no era la idea de Juan.

No habían parado para rumiar seriamente sobre lo que pedían de Dios. Pensaban ya estar haciendo lo que Dios deseaba. No pensaban en los demás como pensaba Dios. Era más cómodo ignorar a las necesidades ajenas que envolverse con otros que tenían necesidades de justicia, de rectitud, o de la provisión de cuestiones materiales. Seguir la voluntad de Dios demandaba preparación de una paz real—paz en la mera presencia de Dios.

El pueblo delante de Juan no pensaba en la presencia de Dios. Pensaba en la vida de sus sueños, el sueño de prosperidad ausente de preocupaciones de finanzas y de salud. Lo que llamamos el sueño americano, ya era parte del anhelo dese pueblo, pues es un sueño muy humano de sernos nosotros los con poder y posición sobre de los demás. Ignoraban como nosotros que ese sueño no trae paz verdadera. No más trae una nueva serie de preocupaciones y ansiedades. La paz mesiánica era paz de otra calidad. Era la paz de vivir en la mera presencia de Dios. Para eso ha necesidad de que la rectitud y justicia de Dios se tomen parte central de nuestras vidas.

Juan predicó arrepentimiento. Juan predicó una nueva rectitud. Juan predicó la preparación para recibir al Mesías por medio de encaminar la justicia de Dios en nuestras acciones cuotidianas. Mesías, dijo él, viene no a inmergirles en agua, pero a introducirles en la mera esencia y presencia de Dios. El Espíritu del Santo es el medio del bautismo que traerá el Mesías. Él se les introducirá en la mera presencia de Dios, donde no hay más vivir por sus propios motivos. En esa paz, la rectitud y justicia de Dios hacen su nido. Es donde el amor de Dios para con todos reina supremo, cambiando motivaciones egoístas en motivaciones santas.

El perdón divino tiene el propósito de comunión con Dios. La rectitud procede como camino delante de Dios, donde justicia y paz se besan. Esa salvación es para los que reverencian a Dios, no en palabra, sino que en hecho. Pedro habló de la necesidad de estar preparado para la visitación de Dios, el retorno de Jesucristo en gloria. El creyente debe vivir con Jesucristo, donde habita la justicia y la rectitud. ¿Estamos preparados para esta paz? Quizás necesitamos la conversión de que predicó Juan.

—©2008 Christopher B. Harbin

Este sermón en pdf

This sermon in English


The Baptist Top 1000 Bible Top 1000