Despierto en Esperanza

Isaías 64:1-9; Salmo 80:1-7, 17-19; Marcos 13:24-37; 1 Corintios 1:3-9

Rev. Chris Harbin, Central Baptist Church—Lowesville, VA

30 de Noviembre de 2008

¿Qué haríamos con Dios presente? ¿Qué hacemos con Dios? El Adviento es preparación y espera. Es un tiempo de anticipar la llegada de Dios. Miramos de cierto el nacimiento de Jesús, pero también miramos a su retorno en gloria para cada uno de nosotros. ¿Quizás nuestras reflexiones navideñas nos distraen del significado de Adviento y la llegada de Dios en medio nuestro. Pensamos en un niñito, olvidando que es Dios Todopoderoso que ha llegado. Mirando más allá del pesebre, ¿cómo responderíamos a la presencia de Dios en nuestras vidas? ¿Viviríamos en una esperanza despertada?

Hubo ataques de terror en Mumbai, India esta semana, mientras unos batallaron en contra de un sistema en conflicto con sus objetivos. Personas fueron muertas, familias destrozadas y millones puestos en ansiedad. ¿Hay esperanza en medio de este caos? Ha llovido por semanas en el sur de Brasil. No hubo mucha noticia aquí, pero las lluvias continuas por semanas encharcaron a Santa Catarina. Ríos transbordaron, mientras morros encharcados deslizaron de sus alturas. Cargaron casas y vegetación como en la inundación de 1969 aquí en Lowesville. Ricos y pobres fueron atrapados sin preparo ante el ataque de algo tan necesario como una simple lluvia. ¿Adonde queda la esperanza en medio de este caos? ¿Estamos preparados para esperanza, mismo la que llamamos nuestra?

La esperanza no significa mucho cuando sentimos cómodos, satisfechos, calientitos y sin hambre. De hecho, muchas veces no la sentimos es necesaria. Esperanza fue hecha para tiempos de desastre y dificultad. Cuando estamos demasiado cómodos, es más común caer al sueño que a esperanza. El conforto ablanda los sentidos. Nos hace ignorar los señales que la tierra de nuestras vidas esta demasiada llena de agua para segurar a los fundamentos de la vida.

El profeta Isaías anhelaba la presencia de Dios para sacudir una nación infiel. Israel estaba muy soñoliento y viviendo en ignorancia de su responsabilidad delante de Iavé. No quería explorar cuestiones de como sendo pueblo de Dios pudiera interferir con sus planes, sueños y ambiciones. Quería a Dios bajo control—su control. Quería una existencia soñolienta sin necesidad de esperanza, sin necesidad de averiguar la voluntad de Dios como distinta de su propio conforto y prosperidad. Isaías quería que fuera cambiado delante de los intereses de Dios. Estaban más envolvimos con su propio intereses.

Pablo comentó a los corintios que no les faltaba nada que importaba. Tenían todo los dones espirituales necesarios. Estaban apenas la calidad del llamado puesto sobre sus vidas. Fueron convocados a vivir unidos en comunión con y por medio de Jesucristo. Fue mero Dios Todopoderoso que los había convocados a este alto propósito. Era tiempo de despertar de sus medios egocéntricos y sus facciones para comprender el tipo de esperanza al cual Dios os había llamado.

Nos apaciguamos con visiones de conforto. Nos protegemos con una perspectiva impropia de Dios que fluye de acuerdo con nuestra voluntad, y no la realidad de la identidad de Dios. Por demasiado tiempo, quizás, hemos cantado el himno de Jesús llamando con ternura. Nos ilusionamos con Jesús sendo demasiado manso para hacer demandas sobre nuestras vidas y darnos responsabilidad. Cantamos de un presepio humilde, olvidando que se llenaba con mucho más que un niño que podamos manipular o redireccionar. Cantamos de la ciudad soñolienta de Belén, ignorando que Dios no es una ciudadzuela a ser apaciguado para que posemos seguir con nuestras vidas. Ya es tiempo de despertar, de anticipar, a empezar viviendo de acuerdo con una esperanza real.

Es el mismo Jesús del pesebre de Belén que habló a las multitudes de un día pendiente de desastre, tribulación y la destrucción de Jerusalén. Jesús predijo eventos llegando a ese día en el año 70, cuándo el general romano Tito entró en Jerusalén, sacrificó un puerco en el altar a Iavé y sitió la ciudad mientras los judíos quemaron el templo. Fue un tiempo de ansiedad, preocupación, pelea, violencia y destrucción. Fue la culminación de años de insurrección judía contra Roma. Fue marco del fin del judaísmo centralizado en el templo. Fue una época en cuando esperanza era necesaria.

Tenían cierto tipo de esperanza. Tenían la esperanza de la llegada de un líder político y militar que derribaría a Roma. Fue ese tipo de esperanza que ocasionó la destrucción de Jerusalén. No era una esperanza centrada en Dios a sus propios termos. Era una confianza que predecía la llegada de Dios a auxiliar un pueblo a procura de saciar sus propios objetivos de autorrealización, autodeterminación, y la dominación política de otros. Era esperanza falsa de un pueblo iludido por creer que sus ambiciones, sueños, y deseos eran también de Dios. Se habían convencido que Dios quiso las cosas al modo del pueblo. Estaban demasiado cómodos con sus proyecciones de la realidad para comprehender el mensaje de Dios por medio de Jesús y profetas como Isaías.

Dios ofrecía esperanza, pero esperanza de otra calidad. No se limitaba pelos vientos de política, independencia y las fuerzas de economía y autodeterminación. Era una esperanza de que Dios se quedaba arriba de tales cuestiones que no más colocaban los sueños y ambiciones de unos arriba de los de otros. Es a esa esperanza que debamos despertar. Es a esa comprensión de Dios que somos llamados a curvar nuestras vidas, sueños y ambiciones en servicio.

Israel tenía sus esperanzas firmadas en una comprensión esquivada de la voluntad y el propósito de Dios. Aún lo tiene. Pero nosotros no somos tan distintos, ¿somos? Como nación, somos una gente buscando su propio avance, sin considerar el costo a otros. Deseamos vivir como se nuestros intereses, avance y autodeterminación fueran más importantes que lo mismo avance para el resto del mundo. Nuestra esperanza se hinca en nuestro conforto y privilegio, nuestra perspectiva limitada de la vida en este lado de la eternidad. Presumimos que la diferencia entre vivir in la tierra y pasar la eternidad en la presencia de Dios es mera cuestión de geografía. Ignoramos el interés de Dios en transformar el carácter de nuestro vivir más allá de nuestras ambiciones egocéntricas.

Es allí que la esperanza, esperanza real, entra. Esperanza es donde empezamos a vivir con la convicción y reconocimiento de la presencia y provisión de Dios. Es donde circunstancias empiezan a importar mucho menos que como podemos servir a los intereses de Dios. Jesús encuadró esta esperanza en la historia de un dueño de tierras que dejó sus perteneces a los cuidados de sus siervos. Debían servir con fidelidad en reconocimiento de la voluntad del patrón. Fueron encargados con una decisión. Podían seguir la voluntad del patrón o abusar de su posición, buscando sus propios sueños, deseos y ambiciones.

Jesús llamó a los discípulos delante de los tiempos inciertos a vivir su esperanza en confianza. Debían vivir con apreciación de la voluntad y propósito de Dios. No debían dejar que el conforto disminuyera su apreciación de la identidad, carácter, y los propósitos de Dios.

¿Qué haremos con nuestro mensaje de esperanza? Tenemos la opción de presentarnos como ciudadanos responsables del reino de Cristo o de vivir por nuestros sueños, ambiciones y deseos. Cuando venga el patrón, ¿nuestra esperanza nos habrá preparado para una vida de eternidad con Dios?

—©2008 Christopher B. Harbin

Este sermón en pdf

This sermon in English


The Baptist Top 1000 Bible Top 1000