La Diferencia en el Amor

Levítico 19:1-2, 15-18; Salmo 99:1-2, 13-17; Mateo 22:34-46; 1Tesalonicenses 2:1-8

Rev. Chris Harbin, Central Baptist Church—Lowesville, VA

26 Octubre 2008

El amor—escribimos canciones a su respeto. Escribimos poemas en su referencia. Miramos a películas del amor. Romantizamos y fantaseamos del amor. De alguna forma, nuestro escribir, cantar, hablar y romantizar del amor no siempre se traduce a vivir de acuerdo con el amor que tanto declaramos amar. Los relacionamientos no siempre son románticos, dulces, amables y perfectos como en las fotos estilizadas. Los relacionamientos incluyen a las personas, y es en ese punto que todo se queda enmarañado. Al otro lado del esplendor y brillo del romance, el amor requiere un compromiso y el inversión de nuestras vidas en la vida de otro. Requiere que cedamos algo de nosotros mismos en beneficio del otro.

Mi esposa me dice que el amor significa invertir tiempo con ella. Ella tiene la idea de que el amor requiere que escuche cuando ella habla. El amor significa atención, respeto, honor, tiempo y lo demás de mis recursos invertidos en su beneficio y en beneficio de las cosas, causas y eventos que ella valoriza. ¿Se puede creer que ella quiere que yo tome tiempo para estar con ella, escuchar-la, hacer cosas con ella y dar atención a las cosas que le llaman la atención a ella? Se lo debe de creer, ¡y yo también! Nuestro relacionamiento puede depender de que yo dé atención al tiempo, la energía, la atención y los recursos que yo invierto en Karina. ¿Por qué, entonces, actuaríamos como se Dios no tiene interés en las mismas cosas? ¿Cómo podemos actuar como se Dios no tuviera altas expectativas del relacionamiento que llamamos salvación y fe?

Los fariseos estaban intentando atrapar a Jesús y difamar-lo ante el pueblo. Su tentativa con el auxilio de los herodianos en la cuestión del tributo a Cesar había fracasado. La tentativa de los saduceos referente al matrimonio y la resurrección había decaído también. Resolvieron tentar de nuevo.

Habían estudiado la Torá y lo tenían delineado conforme una ciencia. Habían memorizado a cada uno de los mandamientos de Iavé, definiendo una lista de 613 mandamientos distintos en el Pentateuco. Habían definido categorías para la observación de los mandamientos. Habían desenvuelto interpretaciones de las leyes para asegurar que por seguir sus tradiciones uno no se encontrara culpado de quebrar los mandamientos de Dios por descuido. Habían definido el trabajo como toda clase de esfuerzo envuelto en la construcción del templo, desde llevar cargas, hasta tejer, hacer fuego, amasar granos, y caminar distancias. Todo era para que uno supiera como observar el día del sábado de forma adecuada.

Ellos conocían a la ley. Se lo habían estudiado en sus mínimos detalles. Un maestro itinerante quien no había sido instruido formalmente estaba seguro de dar-se mal bajo su examen en el asunto. Esto era su especialización. Al contrario de los saduceos, ellos aceptaban la autoridad de las historias proféticas y las escrituras poéticas que componen lo demás de nuestro Antiguo Testamento. Ellos no eran los conservadores como los saduceos. Eran la nueva guardia liberal en la vida religiosa judía. Tenían orgullo de ir allá de las limitaciones de los saduceos en su comprensión de la revelación divina. Aceptaban los conceptos de resurrección, espíritu, ángeles, y la vida más allá de la tumba. Mismo así, la Torá—las instrucciones de Dios—era su pan de cada día. Era esto su fuerte y en esto estaban seguros de atrapar a Jesús.

"Mestre, ¿cuál es el mayor de los mandamientos?" De los 613, ¿cómo podría Jesús escoger bien a uno?

Jesús estuvo listo y superó sus expectativas. El se los refirió a dos mandamientos que actuaban para sumar a lo demás de su código legal y sus interpretaciones. Los dos mandamientos hacían vacía toda su tradición interpretativa. Se dirigían a cuestiones mucho más importantes del como se define el trabajo, cuanto peso puede cargar sin considerar-se estar trabajando y como circunvenir a las instrucciones y la voluntad de Dios para hacer conforme uno quisiera.

Tenían la idea y foco erróneo referente al seguir a Dios. Deseaban a todo bien definido y codificado en listas, acciones y rituales. Deseaban un mundo ordenado, seguro y que no demandaba mucho de ellos en termos de relacionamiento y buscar a la voluntad de Dios. Deseaban la forma de evadir a Dios y desfrutar de las bendiciones de ser el pueblo de Dios. ¡Dios deseaba tanto a más!

El primer y mayor mandamiento es para amar a Dios. Esto no es cualquier calidad de amor. No es como la manera en que unos de nosotros amamos al chocolate. No es de la forma en que amamos al helado, viajes por el paisaje, caminatas el la mata, o hasta como unos aman la caza y pesca. Por otro lado, quizás sea como algunos por aquí aman la caza y pesca más que otra cosa. El amor por Dios debe de consumir nuestras vidas. Debe de encontrar-se en nuestras cuentas bancarias. Debe de definir como aprovechamos nuestro tiempo. Debe de controla la forma que utilizamos nuestras energías, como enfocamos nuestra atención y cambiar nuestras vidas.

Levítico trabaja el concepto en referencia del ser santo o distinto de todo lo demás del mundo, en especial por ser así Dios. Nosotros nos transformamos más como aquellos a los cuales amamos. Amor verdadero a Dios debe de transformar nuestras vidas, haciendo-nos más y más como a Dios y menos y menos como de otra forma seriamos. Como lo coloca Jesús, debemos amar a Dios de todo el corazón, todo el alma y toda la mente. Eso no significa necesariamente lo que consideraríamos. Para el judío, el corazón era en centro decisivo de uno. Era una referencia a lo que consideraríamos nuestra voluntad. El alma se refería al todo de una persona. No era alguna segmentación de uno, pero el todo de su identidad, personalidad, dirección, carácter y ser. La mente era su forma de proceder y relacionar-se con los demás.

El salmista hablaba de Dios como un refugio, buscando satisfacción y realización no más en Dios. Pablo, escribiendo a los tesalonicenses, hablaba de vivir para agradar a Dios quien ve a nuestro interior. El creyente verdadero tiene como su motivación agradar a Dios con su vivir, respirar y actuar. Para Pablo, el sufrir, desgracia y condiciones adversas de la vida no tenían importancia delante de la motivación de agradar a Dios. Para vivir de acuerdo a este plan era hacer de amar y agradar a Dios la sola motivación y dirección de su vida. Nada más era suficiente.

Jesús se dirigió a lo fariseos para que pensasen en por que buscaban que el Mesías les sirviera en vez de que ellos le sirvieran e él. Y a nosotros, ¿dónde nos quedamos en nuestro amor para con Dios? Suena bueno decir que le amamos, pero ¿cómo lo demostramos? ¿El amor a Dios invade nuestras vidas tal que invertimos nuestras energías, recursos, finanzas y tiempo en amar a Dios? Muchos dicen que mirar a las decisiones económicas de uno es determinar sus valores y prioridades. Adónde hemos invertido nuestro capital, tiempo y energía?

Amar a Dios haz una diferencia en la vida. Defina nuevas formas de invertir talentos, recursos y tiempo. ¿El amor hacia Dios ha hecho una diferencia, o es nada más un romanticismo en vano?

—©2008 Christopher B. Harbin

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