Impuestos y Tributos

Éxodo 33:12-23; Salmo 99:1-9; Mateo 22:15-22; 1Tesalonicenses 1:1-10

Rev. Chris Harbin, Central Baptist Church—Lowesville, VA

19 Octubre 2008

No queremos dar a César. Este es el problema, ¿no? O sea, los impuestos sirven no más para quitarnos el resultado de nuestro sudor y mantenernos en dificultades económicas. ¿Que se les hacen con nuestros impuestos pagos? Se los aprovechan los políticos, se los utilizan para concentrar más poder en las manos de quienes ya tienen poder y riquezas. Como se dice en Brasil, el rigor de la ley contra sus enemigos y la gracia de lay ley para con sus amigos.

Los impuestos no nos caen bien. Mal se los administran para la educar los necesitados. Mal se los aprovechan para ayudar la gran mayoría de la población. Mal se piensa en mejoramientos en la salud pública. Quien tiene poder político es quien quiere poder sobre los demás. El poder corrompe y quien se lo busca ¡ya no necesita más corrupción!

Quizás lo mejor es guardar lo que es mío y no dejar que los gobernantes sepan lo que recibo. ¿No será más provechoso que yo trabaje y hasta pague sueldo a otros fuera de la mira del gobierno? Mantengo más para mi familia y mis proyectos.

¿Que há hecho el gobierno para que yo crea que tenga mis intereses en vista? ¿Cuándo há el gobierno batallado en mi auxilio? Pavimentan las calles no más por presión. En el proceso gastan millones sin retorno. Cobran alto las multas de tránsito, pero los ladrones millonarios salen ilesos.

Si nosotros pensamos o actuamos de tal forma, ¡imaginen los judíos en los días de Jesús! El gobierno ni era suyo. Era de una nación invasora ocupante. Vivian oprimidos por ejércitos que tenían la libertad do forzar a cualquier judío a cargar sus mochilas por una milla sin queja. Su forma de investigación era bajo azotes y tortura por causas mínimas. La nación como un todo se cuidaba tener el derecho de no pagar impuestos a Roma. Se los pagaban no más por presión y miedo. No era un deber propio. Era una imposición ajena. Era una violencia de malos tratos y opresión.

Además del todo, ni se lo llamaban de impuesto. Era llamado de tributo—un aspecto de veneración y culto. Tributo a César era una forma de prestar culto a los dioses de roma. Era un sacrilegio para todo judío, mucho más que cualquier otro aspecto de la opresión romana. Dar el tributo era una declaración de que Roma tenia derechos divinos en gobernar a Israel. Además de contrariar los mandamientos de Iahvé, Dios de Israel, era un insulto a la posición de Iahvé por delante de los dioses de Roma y la posición del pueblo como ¡pueblo del único Dios, todopoderoso!

¿Cómo podía un judío no tener problemas con eso? Servir a otro que no sea Dios era anátema para todo el pueblo. Un religioso no se podía ponerse contra Dios, pero también no podía ponerse contra los romanos sin recibir la ira de Roma.

¿Debemos o no, pagar el tributo a César?

Sabían que al preguntar a Jesús sobre el requerimiento del tributo a César lo tenían atrapado. A nadie les gustaba pagar impuestos, mucho menos el tributo. Todos los veían como mucho más que una incomodidad. Se Jesús se pronunciara contra los impuestos, la gente aplaudiría, pero los soldados lo meterían a la prisión y muerte por insurrección y traición a Roma. No había respuesta a dar. ¡Eran el pueblo de Dios y no debían ni impuestos ni tributo a nadie!

Jesús les sorprendió a todos. Su respuesta fue mucho más de lo que cualquier esperaba.

Enseña-me la moneda del tributo. ¿De quien es la imagen?

Es de César, fue la respuesta. La imagen por si era vista contrario al mandamiento de Dios. Hacer una imagen era un paso o hecho idólatra. Servir a una imagen era otro paso. Mantener la imagen consigo era igualmente una forma de idolatría. Era dar confianza o respeto a una escultura en metal más que a Dios.

Si la moneda proviene de César, regresa-se-lo. Lo que tiene imagen de Dios, de-se-lo de regreso a Dios.

No sabían contestar a Jesús. El tributo exigido era algo hecho por hombres. Guardar-lo para si era más idolatría que regresar-lo a su originador. Lo que Dios exigía era mucho más que la moneda del tributo. Era el tributo de una vida completa entregue en las manos de Dios. Era el respiro, el sudor, la palabra y lo demás de las posesiones.

Mientras los judíos pensaban del tributo como acto idólatra, participaban en otra idolatría al adorar a sus bienes, monedas y oro en lugar de honrar a Dios con el completo de sus vidas. Se debían el tributo de una moneda a César por obligación, ¡cuánto más debían de entregar a Dios!

En las Escrituras del día, se hablaba del diezmo. Era la décima parte del ingreso que se debía a Dios. Había también las otras ofrendas exigidas que en su total eran más como la séptima parte. Como el sábado era la séptima parte del tiempo entregado a Dios, también la séptima parte de los recursos era debido en culto y servicio a Dios. Eso era la base de gran parte del culto a Dios. Era forma dupla de reverenciar a Dios y de demostrar su dedicación y compromiso.

Para Jesús, no era lo suficiente. Mientras pensamos del diezmo como un máximo, Jesús lo consideraba un mínimo. Mientras pensamos en los impuestos como obligación inapropiada, Jesús lo consideraba una mera parte de la vida. Dedicación a Dios, en lo tanto, exigía mucho más. Era cuestión de dar el todo—los cien por ciento.

Para Jesús, lo económico no era una cuestión aparte de la fe. Era un aspecto intrínseco a la fé. Como se maneja el tiempo es importante a Dios. Como se maneja el dinero es importante a Dios. Como prestamos cuenta de la vida en todos sus aspectos y partes no se debe o puede separar del relacionamiento con Dios. Adonde investimos nuestro tiempo, dinero y recursos es donde investimos nuestra adoración y culto real.

Mientras queramos ignorar como los judíos nuestras obligaciones económicas, esas responsabilidades y como actuamos con ellas, son indicadores de la condición de nuestra fe.

¿Que seria de nosotros se Dios se nos tratara como los bancos y empleos al tratarlos como tratamos para con nuestras responsabilidades delante de Dios?

—©2008 Christopher B. Harbin

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